Por Blanca Pelayo, invitada Zoe

Tú también puedes compartir tu historia, Zoe te escucha.

Cuéntala aquí
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/854.52

Mi nombre es Blanca Pelayo. 

Regresando de un viaje con mi familia para despedir el año de 2015, recordé que tenía que realizar mis estudios ginecológicos, ya que en ese año noté que tenía unas bolitas en mis senos: dos en el izquierdo y una en el derecho. Pero como eran muy pequeñas no les había dado importancia. Pensé que a una de mis hermanas le había pasado algo similar muchos años atrás y, como resultado, los médicos dijeron que eran quistes de grasa y agua. Pensé que se trataba de lo mismo y había pospuesto atenderme, como siempre, por cuestiones de otra índole, donde la prioridad no era mi salud, hasta que por ahí del mes de mayo descubrí que estaba creciendo de manera rápida la bolita que tenía en el seno derecho; situación que ya había notado durante los primeros meses de 2016, lo que me hizo atender esos estudios que había estado posponiendo.

Fue entonces que asistí con mi ginecóloga. Cuando vio mis resultados e hizo la revisión correspondiente, me comentó que había hundimiento en mi pezón y el tamaño del seno era diferente al izquierdo y, con base en las imágenes de la mastografía, había unas calcificaciones que parecían como ramificaciones, a lo cual ella dijo que no me preocupara, pero que, si quería, la próxima semana me realizaba una biopsia. Respondí que lo analizaría y le confirmaría, situación a la que no accedí, ya que tenía conocimiento de que, si había alguna sospecha de algo raro, no me atendiera con ginecólogos, sino con un oncólogo especialista.

La situación empezó a preocuparme porque, en ese entonces, mi esposo trabajaba por su cuenta y tenía poco tiempo de haber cancelado un seguro de gastos médicos con el que contábamos. Además, yo no estaba trabajando y no contábamos con ningún tipo de seguridad social, aunado a que tenía poco tiempo de haberme cambiado de casa y mi domicilio y mis documentos no estaban actualizados. Pero tenía que atenderme y decidimos asistir con un oncólogo particular que nos recomendaron como muy bueno, el cual realizó estudios como ultrasonido de tórax e hígado. La situación me angustió todavía más, ya que comentó que tenía que hacer dos cirugías para hacerme biopsias incisionales, pues efectivamente había dos tumores en mi seno izquierdo y uno en el lado derecho, el cual estaba creciendo rápido.

Esa misma semana, el día 20 de julio, me intervino para realizar esas biopsias y quedó de hablar por teléfono para informar los resultados, lo cual hizo una tarde que yo empezaba a comer. De forma poco profesional, desde mi punto de vista, pidió hablar conmigo, no con otra persona, y me dio el diagnóstico: efectivamente había cáncer en el tumor del seno derecho y los dos del seno izquierdo eran benignos. La noticia me cayó como bomba y ya no pude comer por la preocupación; sin embargo, tenía que continuar con el proceso a pesar de toda la situación económica que tenía en ese momento, que no era la mejor.

Posteriormente asistí a una cita nuevamente para saber qué procedía. Ese día el oncólogo no asistió, pero me asignó a una doctora que él dejó a cargo, y fue cuando me informaron que tenían que realizar una mastectomía radical, darme quimioterapias y radioterapia, además de ponerme un catéter puerto para aplicar las quimios y que mis venas no terminaran dañadas, para lo cual habría que hacer una nueva cirugía.

En ese momento tuvimos que preguntar los costos y la doctora no quiso hablar abiertamente, pero comentó que lo primero era la colocación del catéter, que con un descuento especial sería de $85,000, y las quimios costarían aproximadamente un promedio de $60,000 cada una. Fue en este momento cuando el mundo se me vino encima porque hicimos cuentas y tan solo esto sería cerca de un millón de pesos, situación que me derrumbó aún más porque no contábamos con esos recursos, más lo que faltaba de las radios y la cirugía para realizar la mastectomía. En ese momento me quebré totalmente. No sabía qué iba a hacer para obtener los recursos, además de la angustia de saber que esta enfermedad no espera.

A pesar del miedo y la incertidumbre, tuve que tomar la decisión de buscar una opción en alguna institución pública, situación que no fue nada fácil, ya que no contaba con mi documentación actualizada. Cuando empecé a preguntar a familiares y amigos si conocían algún lugar para buscar alguna opción, no logré obtener suficientes datos. Fue cuando recordé que mi hermana había ido a una institución llamada Fucam, especializada en cáncer de mama, y le pedí ayuda.

Ella me dio la información de lo que le había tocado vivir en ese entonces, porque su caso no era un diagnóstico de cáncer. La habían operado con costos más económicos, pero no exentos de pago. En ese momento no tenía otra opción, así que asistí a Fucam tres días después de las biopsias y me dieron cita para consulta de valoración y estudio socioeconómico.

Ese día me pasaron a consulta y revisión y me dijeron que, como estaba reciente mi operación, no me podían hacer la mastografía. Pero yo insistí en que me la hicieran, que sí aguantaba el dolor. Claro, en ese momento era tanta mi preocupación que creí que soportaría el estudio. La doctora que me atendió no aceptó y me dio una cita posterior, en la cual me hicieron expediente y me dijeron que ahí me iban a atender, pero que necesitaba traer los estudios que me habían hecho en la clínica anterior, que eran las laminillas y las pruebas de parafina.

Otro trámite que tuve que enfrentar porque no sabía si me las iban a entregar. Tuve que hacer nueva cita con el oncólogo particular para plantearle mi situación y pedir lo que me solicitaban en Fucam. Aunque trató de persuadirme con miedo, comentando que en instituciones públicas tardaban mucho en atender a las pacientes y esta situación se agravaría muy rápido, le dije que agradecía su interés, pero que yo no contaba con los recursos para atenderme ahí y no me quedaba otra opción.

Al final accedió a darme lo que me pedían y, además de darme un informe médico que le solicité, no perdió la oportunidad de solicitar otro estudio que insistió era muy importante, ya que revelaría más claramente si el tumor se alimentaba de hormonas, a lo cual accedimos, obviamente por el miedo, y lo realizamos ahí. Me encontraba un poco más tranquila, ya que afortunadamente había encontrado un lugar más accesible donde tratarme.

A finales de julio pude hacerme la mastografía en Fucam. A pesar de la reciente cirugía, no me importó soportar el dolor, ya que mi prioridad en ese momento era mi atención. Cuando tuvieron los resultados, me citaron para decirme lo que procedía. Me dijeron que sí me atenderían ahí, pero que tenía que tramitar el entonces Seguro Popular para que mi atención fuera gratuita, situación que me alegró un poco dentro de mi angustia.

Pero, como siempre, había que hacer trámites nuevamente: desde asistir a las seis de la mañana al centro de salud para poder hacer lo correspondiente, entregar la documentación y hacerme la valoración médica que avalara mi situación. Afortunadamente, me dieron la autorización para regresar nuevamente al hospital para seguir haciendo el trámite que correspondía en la institución.

La siguiente cita a la que asistí fue a una llamada Sesión Conjunta, conformada por un grupo de médicos, como 12 o más, para que, de manera grupal, se determinara cuál era el tratamiento adecuado para mi caso.

La siguiente cita en Fucam, cuando ya había cumplido con todo lo que solicitaron, fue con dos oncólogos cirujanos que me explicaron lo que procedía, entre ello que tenían que hacerme una mastectomía radical, ponerme 16 quimioterapias y, probablemente, realizarme una mastectomía del otro seno, 15 radioterapias y tal vez quitarme los ovarios.

También existía la posibilidad de que mi caso fuera genético por tratarse de un diagnóstico triple negativo que, según me dijeron, era uno de los más agresivos. Me angustié, pero tenía que seguir adelante. En ese momento fue cuando me enviaron con la oncóloga tratante para empezar mi tratamiento. Aún con la angustia por desconocer lo que venía y el tipo de diagnóstico, decidí continuar.

Fue en mi próxima cita cuando conocí a la oncóloga que me trataría y me comentó que, de acuerdo con mi diagnóstico, lo primero que procedía eran las quimioterapias para detener el crecimiento del tumor y, si fuera posible, disminuir su tamaño. Serían cuatro rojas y 12 blancas. Para esto ya había pasado más de un mes del diagnóstico, de trámites, de citas, así como de estudios.

Fue el 26 de agosto de 2016 que asistí a la cita para que me aplicaran la primera quimio y, aunque fui con determinación, el miedo seguía. Llegué a una sala donde estaban varias mujeres a las cuales les estaban aplicando su medicación. Me sentaron en un sillón para mi canalización y conectar las sondas por donde aplicarían los medicamentos, a la vez que me hicieron la recomendación de cortarme el cabello para que no fuera tan traumático cuando empezara a caerse.

A pesar de todo el miedo y la angustia, sentí que con la primera quimio no me sentí tan mal, solo muy cansada y con dolor de cabeza. Pero tenía que asistir, saliendo después del tratamiento, que fue como de cuatro horas, a realizarme el corte de cabello, ya que posteriormente no era recomendable porque el sistema inmunológico bajaría.

Cuando asistí a la segunda cita, que fue a los 15 días, empezaron los estragos. Ya no solo me sentía cansada, ya tenía dolor en la espalda baja hasta las piernas y no sabía si era por las quimios o por unas vacunas que me tenían que poner para levantar mi sistema inmunológico. Además, mi cabello, cuando me bañaba, empezaba a caerse por mi rostro. Fue cuando entendí que tenía que raparme para no tener esa sensación traumática poco a poco.

Empecé a entender lo que me pasaría. Así fue como pasé las primeras cuatro quimios rojas, según me comentaron, las más fuertes. Mi cabello se cayó en su totalidad y la aplicación de cinco vacunas que tenía que aplicarme posteriormente a las quimios me causaba mucho dolor desde la espalda baja hasta las piernas, situación que no me dejaba estar, ni siquiera podía dormir. Para ello tomaba medicamento y ponía botellas de agua caliente para mitigar un poco el dolor.

Además, mis venas ya estaban muy dañadas. En la tercera quimio me dio flebitis (inflamación de las venas), ya que no resistieron los tratamientos tan agresivos; se quemaron mis venas. Entonces, en mi siguiente cita, la oncóloga decidió que tenían que ponerme un catéter puerto para que por ahí me aplicaran los medicamentos y mis venas ya no fueran dañadas.

Así fue como el 10 de noviembre de 2016 me intervinieron quirúrgicamente para colocarme el catéter, situación que sí me angustió, pero no sabía si eso era lo que más me preocupaba o que ese mismo día mi hija más pequeña cumplía 15 años y no pudimos hacer nada para festejarlo.

Así es como las nuevas 12 quimioterapias blancas que me faltaban fueron aplicadas, aparte de tener que asistir con periodicidad a que me heparinizaran el catéter, ya que había riesgo de que se infectara o se dañara en el proceso. Esto ocurría en distintas fechas a las de las quimios, dentro de esos 15 días, así que la mayoría del tiempo la pasaba en el hospital entre quimios, heparinización, estudios y aplicación de vacunas. Perdí la cuenta de cuántos piquetes me dieron.

En ese proceso, después de la aplicación de las quimios, ya estando en mi domicilio, tenía que ponerme las vacunas en los siguientes cinco días. Un día después de la aplicación empecé a sentirme muy mal, sentía como que me empezaba a faltar el aire, me salió salpullido y terminé en urgencias.

Esto implicó tener una cita antes de lo programado con la oncóloga para plantearle mi situación, a lo cual ella comentó que era muy raro, ya que solo el 1% de los pacientes presentaba alguna reacción alérgica. Le comenté que si yo no podría ser parte de ese porcentaje. Fue entonces cuando accedió a hacerme una prueba, la cual salió negativa, pero en la siguiente aplicación nuevamente me dio sarpullido y fue entonces cuando ella aceptó que sí era posible la alergia y me suspendieron las vacunas.

Esta situación también me angustió porque estas eran para fortalecer mi sistema inmunológico. Tuve que seguir con el proceso sin las vacunas. Cuando terminé el tratamiento, ya muy dañada física, mental y emocionalmente, siguió la nueva cita para darme fecha de cirugía de mastectomía radical.

Para esto ya habían pasado seis meses y yo sentía que, a pesar de todo, ya había pasado lo peor. La cirugía fue en febrero de 2017, lo cual fue otro show, pero me sentía un poco aliviada, ya que me habían quitado todo lo que me preocupaba que estuviera en mi cuerpo.

Pasó un mes más para que me dieran los resultados. En marzo de ese 2017 asistí a la cita donde me darían la mejor noticia de mi vida: me dijeron que estaba libre de esta enfermedad, el tumor había disminuido y no había más células dañadas. En ese momento sentí mucha esperanza, ya que tenía una nueva oportunidad de vida, porque Dios había escuchado mi súplica de una nueva oportunidad para ver crecer a mis hijos.

Fue cuando entendí que, a pesar de todo el proceso, dolores, estudios, cirugías, miedo e incertidumbre, estaba viva y con mucha ilusión de seguir adelante y atender en lo sucesivo mi salud, que durante mucho tiempo descuidé, siempre por otras prioridades.

Continué por cinco años y medio más con el catéter, teniendo que heparinizarlo cada tres meses y asistir a fisioterapia durante tres años para recuperar la movilidad de mi brazo. Aunque quedaron secuelas de falta de sensibilidad y neuropatías, además de tener que usar de por vida una manga de compresión para evitar linfedema, seguí haciendo estudios periódicos: primero cada tres meses, después cada seis meses y, a los cinco años, cada año.

Entre estos estuvieron dos estudios, de saliva y sangre, para determinar si mi caso era genético, los cuales fueron negativos. Asimismo, tuve que usar prótesis durante cuatro años y hacerme una nueva biopsia en mi pie por la aparición de dos lunares raros que, gracias a Dios, salieron negativos. Posteriormente padecí hipotiroidismo e hipertensión arterial, que se generaron después de los tratamientos. A los cinco años y medio me hice una reconstrucción de seno y una nueva cirugía para quitarme el catéter.

Agradezco la nueva oportunidad de vida y haber comprendido que la salud es siempre lo primero.

Agradezco a Dios el poder dar mi testimonio, principalmente a otras mujeres; decirles que no es fácil el proceso, pero que con mucha fe en Dios, con actitud 1000 y los pies en la tierra, se puede salir adelante. En este 2026 estoy por cumplir diez años y sigo viva, sana y tratando de dar lo mejor de mí, ocupándome principalmente de mantenerme optimista, no dejar mis estudios de rutina y mantenerme ocupada mental, física y emocionalmente, con muchas actividades, para no tener que pensar en lo que pudiera suceder.


Zoe es un proyecto editorial de Opinión 51 que busca contar historias de pacientes de cáncer de mama, sus miedos pero también su motivación y su fuerza. Creemos que las palabras abrazan y acompañan, tu historia puede ser una fuente de esperanza para alguien más.

Haz click en el siguiente enlace para contarnos tu historia. Queremos escucharte.

Proyecto independiente posible gracias al apoyo de AstraZeneca.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.