Por Carmen Rosillo*
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Hay una edad en la que empiezas a ver el envejecimiento de otra manera. No porque te sientas vieja ni porque de pronto estés pensando en el retiro, sino porque comienzas a observar de cerca cosas que antes sentías lejanas: ves a tus papás envejecer, una operación que nadie tenía contemplada, cuánto cuesta un tratamiento, un cuidador o una rehabilitación. Ves cómo una sola situación de salud puede mover todas las piezas de una familia. Es como ver venir una tormenta desde lejos: todavía no está encima de ti, pero ya sabes que existe.

Últimamente pienso mucho en eso. Quienes estamos en nuestros cuarenta, o acercándonos a ellos, y quienes ya están en sus cincuenta vivimos algo particular: dejamos de ver la vejez como algo que les pasa solamente a “los grandes”. La estamos viendo suceder frente a nosotros y, al mismo tiempo, todavía tenemos la oportunidad de decidir cómo queremos llegar a ella.

En realidad, empezamos a envejecer desde que nacemos. Suena obvio, pero al mismo tiempo no lo es. Durante mucho tiempo pensamos en envejecer casi como subirte a una escalera eléctrica: te paras y, eventualmente, llegas. Pero no funciona así. Podemos llegar a los mismos setenta años en condiciones completamente distintas. Y ahí se juntan dos conversaciones que casi siempre tratamos por separado: salud y dinero.

Cuando hablamos de inclusión financiera pensamos en cuentas bancarias, crédito, ahorro o inversiones. Todo eso importa. Pero también deberíamos hablar de algo mucho más básico: tener herramientas para que nuestra salud no destruya nuestras finanzas.

Porque una enfermedad no pregunta si acabas de invertir tus ahorros, si tienes hijos en la universidad o si planeabas jubilarte pronto. Llega y cobra. Y muchas veces cobra muchísimo.

Me sorprende que podamos pasar meses comparando una hipoteca, pensando dónde invertir o buscando la mejor tasa, pero que pocas veces hagamos el ejercicio de preguntarnos: ¿qué pasa con mis finanzas si me enfermo a los 65? Para mí, hay tres cosas que deberían ser parte del mismo plan: prevención, ahorro y seguro.

La prevención es como darle mantenimiento a un coche antes de que se prenda todo el tablero. No garantiza que nunca vaya a fallar, pero claramente es mejor revisar a tiempo que esperar a que algo se rompa en la carretera. Con nuestro cuerpo debería ser parecido: conocer nuestros riesgos, hacernos estudios, mantener músculo, movernos, comer mejor, dormir y detectar algo cuando todavía es pequeño.

El ahorro es otra parte. Porque vivir más también significa financiar más vida. Y cuando pienso en una buena vejez, no pienso solamente en pagar medicamentos. Pienso en seguir viajando, viendo a mis amigos, viviendo donde quiero, teniendo ayuda si algún día la necesito. Pienso, sobre todo, en independencia.

Y luego está el seguro. Para mí funciona un poco como un paracaídas: nadie se sube al avión deseando usarlo, pero, si algo pasa, es mejor tenerlo. Puedes cuidar tu salud, hacer ejercicio, comer perfecto y, aun así, tener un accidente o una enfermedad que no estaba en ningún plan. En esos momentos, tener cobertura no resuelve todo, pero sí puede cambiar radicalmente las opciones que tienes.

Y justamente eso es lo que más me importa: las opciones. Porque una buena vejez no se trata solamente de cuánto dinero tienes en el banco, sino de cuántas decisiones puedes seguir tomando por ti misma. Poder decidir dónde atenderte, pagar ayuda si la necesitas, seguir viviendo de manera independiente y elegir sin que la primera pregunta sea: “¿Cuánto cuesta y quién lo va a pagar?”.

También significa evitar que tus hijos se conviertan, sin haberlo planeado, en tu seguro de gastos médicos, tu fondo de retiro y tu cuidador. Cuidar a nuestros papás puede ser uno de los actos más amorosos que existen, pero hay una diferencia enorme entre acompañarlos y que todo dependa de nosotros porque nunca hubo otro plan. Y, en el caso de las mujeres, además, muchas veces seguimos cargando con la idea de que cuidar es nuestro “deber ser”. Pero eso, sin duda, da para otra conversación.

Por eso pienso que quienes hoy estamos en nuestros treinta, cuarenta o cincuenta tenemos una oportunidad que tal vez generaciones anteriores no tuvieron de la misma forma. Podemos empezar antes: cuidar nuestra salud antes de que algo duela, contratar un seguro antes de necesitarlo, ahorrar pensando no solamente en dejar de trabajar, sino en cómo queremos vivir, y construir una vejez activa antes de llegar a ella.

Para mí, prepararse para envejecer se parece a preparar un viaje largo. No sabes exactamente qué va a pasar en el camino. No puedes controlar el clima, todos los imprevistos ni cada curva. Pero sí puedes decidir con cuánto combustible sales, qué llevas en la maleta, si revisaste el coche y si tienes un plan B.

Estoy en mis treinta y todavía me cuesta imaginarme a los 70. Pero quizá justo por eso este es el momento de empezar a construir esa versión de mí. No quiero llegar solamente con dinero o con un paquete de productos financieros que cuiden la salud de mi bolsillo. Quiero llegar con salud, independencia, una red, protección y la mayor cantidad de opciones posibles.

Porque, para mí, al final, eso también es inclusión financiera: tener la libertad de envejecer sin que una enfermedad decida por ti cómo vas a vivir.

Envejecer no sólo exige pensar en el retiro: prevención, ahorro y seguros pueden marcar la diferencia entre depender de otros o conservar la libertad de decidir cómo vivir la vejez.

*Cofundadora y COO de Koltin, una empresa que está redefiniendo la forma en que las personas mayores acceden a la salud mediante un modelo que integra tecnología, atención médica y seguro de gastos médicos mayores.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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