Por Diana Murrieta*
“¿Por qué no se fue?”
Es probablemente una de las preguntas más repetidas cuando conocemos la historia de una mujer que vivió violencia durante meses o incluso años. Desde afuera, la respuesta parece sencilla: tomar sus cosas, cerrar la puerta y no volver.
Pero irse no siempre significa únicamente terminar una relación. A veces significa perder una casa, quedarse sin ingresos, sacar a los hijos de la escuela, alejarse de una red familiar, comenzar un proceso judicial, buscar dónde dormir esa noche y asumir que la violencia puede aumentar precisamente en el momento en que se intenta escapar de ella.