Por Sandra Romandía
“Dentro de poco el idioma oficial de Madrid va a ser el mexicano”, me dijo Jorge entre risas.
Jorge es tabernero —o bartender, dependiendo de la hora y de cuánta sofisticación queramos ponerle al asunto— en un bar de La Latina, uno de esos barrios donde Madrid todavía se vive mucho en la calle, entre terrazas, cañas y conversaciones con desconocidos.
Empezamos hablando de México y terminó contándome algo que me pareció una estupenda metáfora de lo que está pasando en esta ciudad. Jorge nunca ha ido a nuestro país y hasta hace unos años no sabía qué era un aguachile. Hoy conoce bastante más de gastronomía mexicana porque, dice, cada vez hay más restaurantes mexicanos en Madrid. Y ya no son solamente los tacos, el guacamole y esa interpretación europea de nuestra comida que durante años nos hizo preguntarnos qué delito había cometido México para merecer ciertas fajitas.
Ahora hay cocina mexicana de verdad. Hay restaurantes de mariscos sinaloenses, cocina oaxaqueña, tacos, moles, mezcalerías, pan mexicano y tortillerías.
Jorge tiene razón en algo: Madrid habla cada vez más mexicano; y no es solamente una impresión de sobremesa.
En 2024, 1 millón 80 mil 318 mexicanos viajaron a España, 9.7% más que el año anterior. Para dimensionarlo: en 2019 habían sido alrededor de 597 mil. En apenas cinco años prácticamente se duplicó el número.
Y gastamos. Vaya que gastamos.
Los mexicanos dejaron en España 2 mil 940 millones de euros durante 2024, contra mil 186 millones en 2019. Sólo entre 2023 y 2024 el gasto creció un 44%, de acuerdo con Turespaña y las estadísticas de FRONTUR y EGATUR.
México ya es, después de Estados Unidos, el mercado no europeo más importante para España tanto por número de turistas como por gasto.
Y Madrid es quizá el mejor laboratorio para observarlo.
En 2025 llegaron a la Comunidad de Madrid 650 mil mexicanos, 11.7% más que el año anterior. Ya representamos 7.6% del turismo que recibe la región.
Pero hay algo más interesante: muchos mexicanos ya no vienen solamente de vacaciones.
Venir a Madrid y quedarse un rato
Durante estos días conocí mexicanos que han construido una especie de vida binacional bastante peculiar. Pasan tres o cuatro meses en España, vuelven algunas semanas a México, regresan a Madrid y así han conseguido establecer una rutina a caballo entre los dos países.
Otros se han instalado definitivamente. Y en varias de esas conversaciones apareció una palabra que en México se nos ha vuelto dolorosamente escasa: seguridad.
Me hablaron de caminar por la noche sin el miedo con el que hemos aprendido a vivir en muchas ciudades mexicanas; de dejar que sus hijos se muevan con mayor libertad; de utilizar el transporte público. De caminar. De no estar mirando permanentemente quién viene detrás.
No significa, desde luego, que España sea un paraíso ni que esté exenta de delincuencia. Significa que para alguien acostumbrado a calcular riesgos cotidianos en México, ciertas libertades ordinarias adquieren aquí un valor extraordinario.
También existen mecanismos migratorios que han facilitado este nuevo perfil de residente temporal.
Está la conocida residencia no lucrativa, dirigida a extranjeros que disponen de medios económicos suficientes para residir en España sin realizar actividad laboral.
Y desde 2023 existe también el visado de residencia para teletrabajo, popularmente conocido como visa de nómada digital, que permite a extranjeros trabajar a distancia desde España para empresas situadas principalmente fuera del país.
Eso ha hecho posible algo impensable hace algunos años: vivir en Madrid mientras el trabajo, los clientes o incluso la empresa permanecen en México.
La economía también habla mexicano
La llegada no se limita a las personas; también llega el capital.
Mexicanos compran departamentos, invierten, abren restaurantes y crean negocios.
Madrid atraviesa además un extraordinario ciclo inmobiliario que ha convertido a la vivienda en uno de los grandes temas económicos —y también políticos— de España. El incremento de precios, la demanda extranjera y la transformación de antiguos barrios populares están modificando el mapa de la ciudad.
Y eso se percibe incluso en zonas que hace algunos años difícilmente aparecían en el radar de un visitante extranjero.
Vallecas, por ejemplo, conserva su identidad de barrio popular y obrero, pero vive simultáneamente un proceso de inversión, regeneración urbana y revalorización.
Ese Madrid que se expande hacia nuevos barrios también cambia la forma de hospedarse.
Yo decidí vivir estos días desde Alexa Host, que tiene presencia tanto en el centro como en Vallecas, y entendí parte de este fenómeno: para quienes ya no queremos conocer una ciudad encerrados en la lógica de un hotel, tener un lugar que permita instalarse un poco cambia completamente la experiencia.
Me hospedé en Alexa Host Juanelo y lo recomendaría ampliamente: buena atención, una ubicación desde la que prácticamente sales caminando a Madrid, espacios cómodos, todo nuevo y cuidado, amenidades de calidad, heladera, microondas, cafetera, internet y, algo que en las grandes capitales europeas comienza a parecer una extravagancia, espacio suficiente sin tener que pagar una fortuna.
Después de caminar durante horas, también se agradecen esas cosas pequeñas que dejan de ser pequeñas: llegar a un lugar impecable, que huela bien, tener dónde guardar algo de comida, prepararte un café y sentir que durante unos días no estás exactamente en un hotel sino en una pequeña casa prestada.
Quizá ese sea precisamente el cambio.
Muchos mexicanos ya no vienen a Madrid solamente a verla. Vienen a vivirla, aunque sea temporalmente.
Del taco a la tortillería
La gastronomía permite medir esta transformación de una manera mucho más divertida.
La Fundación Casa de México en España creó hace algunos años el Sello Copil para reconocer restaurantes que representan con autenticidad nuestra cocina. En 2026 el reconocimiento llegó ya a 136 restaurantes en España.
La proliferación de restaurantes mexicanos ha creado incluso una pequeña economía alrededor de ellos: importadores, distribuidores de productos, mezcal y tequila, cocineros y fabricantes de tortillas.
Hace no demasiado tiempo encontrar una tortilla mexicana decente en Madrid podía convertirse en expedición.
Hoy existen distintos productores y tortillerías.
Una de las empresas pioneras, Tortillería del Río, comenzó hace años produciendo alrededor de 50 kilos de tortilla a la semana. Llegó después a fabricar alrededor de 5 mil kilos semanales para el mercado español, además de vender tlayudas, tostadas y otros productos.
Y siguen apareciendo nuevos negocios. Hay incluso tortillerías de barrio que elaboran diariamente tortillas de maíz nixtamalizado en Madrid.
Tal vez no exista indicador econométrico más entrañable de una migración que éste: cuando una comunidad deja de importar sus tortillas y comienza a fabricarlas.
La paz europea
Hay evidentemente otra cara de este fenómeno.
España enfrenta una enorme discusión sobre el precio de la vivienda, la presión inmobiliaria, el turismo masivo y el impacto de los extranjeros con mayor capacidad adquisitiva sobre determinados barrios; sería ingenuo romantizarlo.
Pero también sería absurdo negar lo que está ocurriendo.
México y España atraviesan una etapa peculiar de su larguísima y a veces accidentada relación. Mientras la política de ambos países ocasionalmente se empeña en desempolvar agravios de hace cinco siglos, sus sociedades hacen exactamente lo contrario: comercian, viajan, invierten, comen juntas y se mezclan.
Los mexicanos vienen a España de vacaciones, pero también compran departamentos, abren restaurantes, estudian, emprenden, trabajan a distancia y buscan algo que en nuestro país se ha convertido, tristemente, en un privilegio: la posibilidad de vivir con menos miedo.
Y Madrid parece haberse convertido en uno de los lugares favoritos para hacerlo.
Quizá por eso uno llega pensando que cruzó el Atlántico para encontrarse con Europa y termina escuchando conversaciones mexicanas en la mesa de al lado, encontrando aguachile sinaloense en una carta o comprando tortillas recién hechas.
Vale mucho la pena venir a Madrid.
Por sus museos, sus calles, su historia, sus bares, su comida y esa maravillosa costumbre española de apropiarse de la calle; pero también porque para un mexicano existe aquí una extraña y agradable contradicción: estás a 9 mil kilómetros de casa y, sin embargo, cada vez es más fácil sentir que una pequeña parte de ella ya estaba esperándote.
Tal vez Jorge tenga razón: a este paso, no sé si el idioma oficial de Madrid vaya a ser el mexicano. Pero el menú, definitivamente, ya empezó a serlo.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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