Por Carmen Rosillo*
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Hay trabajos que sostienen familias enteras y que, curiosamente, casi nunca llamamos trabajo. Cuidar es uno de ellos. Alguien lleva a una persona mayor al médico, sabe qué medicamentos toma, cocina, agenda una cita, acompaña una rehabilitación o se queda despierto si algo pasa en la noche. Alguien reorganiza su agenda cuando hay una emergencia y, muchas veces, deja de hacer algo propio para poder hacerlo. Y ese alguien, muy frecuentemente, es una mujer.

Lo vemos tanto que casi dejamos de verlo. Ahí empieza buena parte del problema. Durante años hemos tratado el cuidado como si fuera algo que simplemente pasa dentro de una familia: hay que hacerlo y alguien lo hará. Pero cuidar no “simplemente pasa”. Alguien pone el cuerpo, la cabeza, el tiempo y muchas veces también el dinero.

Y no estamos hablando de algo pequeño. En México, el valor económico del trabajo no remunerado doméstico y de cuidados equivalió en 2024 a 23.9% del PIB: alrededor de 8 billones de pesos. Es difícil seguir llamando invisible a algo que, si tuviera una etiqueta de precio, representaría casi una cuarta parte de nuestra economía.

Pero incluso dentro de esa cifra hay otra historia. La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2024, del INEGI, encontró que las mujeres dedicaron en promedio 39.7 horas a la semana al trabajo no remunerado doméstico, de cuidados, comunitario y voluntario, frente a 18.2 horas de los hombres. Más del doble.

Es como si una parte enorme de nuestra sociedad funcionara con una batería escondida detrás de la pared. Todo prende, todo funciona y nadie se pregunta de dónde viene la energía. Hasta que un día esa batería se acaba. Y durante muchísimo tiempo, una parte desproporcionada de esa energía ha venido de las mujeres.

El cuidado, además, casi nunca llega con una invitación en el calendario. Nadie sabe que el próximo año su mamá necesitará ayuda para bañarse o que su papá tendrá una enfermedad que implique acompañarlo varias veces al hospital. Simplemente pasa. Entonces las familias hacen lo que pueden: una hermana organiza las citas, otra paga una parte, alguien se muda más cerca, una hija reduce sus horas de trabajo, otra persona busca a una cuidadora. Es un sistema que muchas veces armamos sobre la marcha y en el que casi siempre alguien termina cargando mucho más que los demás.

Y aquí hay algo que tenemos que hablar especialmente entre mujeres. Durante generaciones nos enseñaron que cuidar era casi parte de nuestra descripción de puesto. Ser buena hija, buena mamá, buena esposa o buena hermana venía acompañado de estar disponible para cuidar. Cuidar puede ser un acto profundamente amoroso, sí, pero tenemos que dejar de confundir amor con obligación.

Puedes amar muchísimo a alguien y estar agotada de cuidarlo. Puedes querer acompañarlo y sentir frustración al mismo tiempo. Puedes hacerlo con todo el amor del mundo y aun así estar poniendo en pausa tu trabajo, tus ingresos o tu independencia. Dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

Esta conversación se vuelve todavía más urgente cuando hablamos de longevidad. Nos emociona decir que vamos a vivir más años, y es una gran noticia. Pero vivir más también significa que, como sociedad, vamos a necesitar más cuidados durante más tiempo. Entonces hay una pregunta bastante básica que tenemos que empezar a hacernos mucho más: ¿quién va a cuidar? Y una segunda, para mí todavía más importante: ¿quién va a cuidar a quien cuida?

No podemos construir una sociedad longeva suponiendo que siempre habrá una hija, una esposa, una hermana o simplemente una mujer disponible para resolverlo. Tampoco podemos olvidarnos de quienes hacen del cuidado su profesión: personas que cuidan a otras todos los días y que muchas veces lo hacen con pocas protecciones, poco descanso y muchísimo desgaste físico y emocional.

Decir que su trabajo es “hermoso” o “muy noble” no alcanza. Necesitamos hablar de buenos salarios, capacitación, descanso, seguridad social, condiciones dignas y reconocimiento profesional. Si queremos cuidar bien a millones de personas mayores, tenemos que construir un sistema que también cuide a quienes hacen posible ese cuidado.

No existe una sola solución, pero sí hay algo que tenemos que cambiar: dejar de pensar que el cuidado es un problema privado que cada familia debe resolver como pueda. Si queremos una sociedad que viva más años, necesitamos infraestructura de cuidados: mejores servicios, más personas capacitadas, condiciones dignas para quienes cuidan, alternativas de respiro para las familias y empresas que entiendan que muchas personas trabajan y cuidan al mismo tiempo.

También necesitamos repartir mejor el cuidado dentro de las familias. Que no sea automático que la hija, la esposa o la hermana se haga cargo. Hay que hablarlo antes de que llegue una crisis, repartir responsabilidades, reconocer el valor del tiempo de quien cuida y, cuando corresponda, pagar por ese trabajo.

Las empresas también tienen un papel importante. Así como hemos aprendido a hablar de maternidad, paternidad o salud mental en el trabajo, tendremos que empezar a hablar de quienes cuidan a padres, parejas u otros familiares. Cada vez será más común que una persona viva las dos cosas al mismo tiempo: trabajar y cuidar.

Visibilizar es el primer paso, pero no puede ser el último. Después hay que medir, profesionalizar, pagar mejor, repartir responsabilidades y construir alternativas para que cuidar a alguien no signifique renunciar a tu propio futuro.

Porque si vamos a vivir más años, no basta con preguntarnos cuánto tiempo vamos a vivir. Tenemos que preguntarnos también quién va a cuidar, cómo vamos a cuidarnos y qué necesitamos construir para que cuidar a alguien no implique desaparecer tú en el camino.

La frase que más me gusta del ajuste es “Es difícil seguir llamando invisible a algo que, si tuviera una etiqueta de precio, representaría casi una cuarta parte de nuestra economía”. Hace que el dato tenga una función dentro de la historia y no parezca una estadística añadida solo para darle respaldo al texto.

*Cofundadora y COO de Koltin, una empresa que está redefiniendo la forma en que las personas mayores acceden a la salud mediante un modelo que integra tecnología, atención médica y seguro de gastos médicos mayores.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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