Por Claudia Acedo*
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Con el avance que está teniendo la inteligencia artificial (IA) tuve inquietud de tomar un curso. Más allá de la tecnología, quería entender los impactos, riesgos y oportunidades de esta herramienta. El curso Filosofía y Ética de la Inteligencia Artificial, dentro del programa Inspiring de la Universidad de Oxford me dio la posibilidad de poder reflexionar con compañeros de varios países y profesiones sobre lo que significa pedirle a una tecnología que sea ética cuando cada vez es más frecuente sentirnos confundidos sobre lo qué significa actuar correctamente. 

Esta reflexión cobra más relevancia en un momento en el que la inteligencia artificial (IA) dejó de ser una hipótesis de los centros de investigación y start ups, y se convirtió en una herramienta cotidiana. La utilizamos para buscar información, generar contenidos, analizar datos y automatizar tareas. Al mismo tiempo, los gobiernos, universidades, empresas y organizaciones buscan cómo establecer reglas que permitan aprovechar sus beneficios sin poner en riesgo derechos fundamentales como la privacidad, la seguridad o la confianza. Y la diferencia en la velocidad en la que avanza la tecnología contra la capacidad de las instituciones para definir cómo guiar y educar en su buen uso está quedando evidentemente sobrepasada.

Cuando pensamos en los riesgos de la IA, lo que más frecuentemente viene a nuestra mente son escenarios relacionados con los sesgos y la discriminación algorítmica, la seguridad de información y violación de la privacidad, la automatización y el posible desplazamiento laboral. También nos preocupamos sobre el impacto ambiental que generan los centros de datos, e incluso inquietudes relacionadas a la posibilidad de una futura superinteligencia fuera del control humano.

Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre un aspecto que en realidad determina todos los demás: la ética y la responsabilidad personal que implica el desarrollo y uso de la IA. Detrás de cada uno de sus sistemas hay decisiones de personas.

La discusión sobre la ética de la IA no debería comenzar en los algoritmos, sino en nosotros mismos. La capacidad de comunicar y transmitir el conocimiento entre generaciones es una característica que ha permitido a la humanidad diferenciarse de otras especies. El aprendizaje colectivo y acumulativo es lo que ha guiado nuestra evolución. La IA ha sido un tema polémico porque esta capacidad humana se está extendiendo a dicha solución tecnológica.

La IA aprende a partir de enormes cantidades de información generada por millones de personas. No poseen conciencia moral ni criterio propio; refleja los datos, los objetivos y las decisiones que las personas vamos incorporando. La tecnología no crea por sí misma nuestros dilemas; en muchos casos, los amplifica. Es complejo referirse a una IA ética cuando en nuestra sociedad uno de los principales desafíos que enfrentamos es la erosión de la confianza en todos los niveles, relacionado con la pérdida de referentes éticos, la polarización, y la desinformación. 

La historia nos muestra la capacidad de adaptación que tenemos las personas. Cada gran transformación tecnológica ha modificado nuestras capacidades y también nos ha llevado a desarrollar nuevas habilidades. La calculadora redujo la necesidad de realizar operaciones manuales, pero permitió concentrar esfuerzos en problemas más complejos. Internet cambió la forma de acceder a la información, pero incrementó el valor del pensamiento crítico. 

La IA sigue la misma lógica: simplifica el acceso a información y automatiza ciertas tareas, pero aumenta la importancia de habilidades exclusivamente humanas como el razonamiento, la creatividad, y la empatía. 

En un mundo hiperconectado y saturado de información, el debate sobre la ética de la IA es en el fondo un debate sobre nosotros mismos. La responsabilidad no termina cuando una herramienta nos entrega una respuesta. Comienza ahí. ¿Qué implicó utilizarla? ¿Para qué se utilizó? ¿Qué información le proporcionamos? ¿Estamos utilizando la tecnología para ampliar nuestras capacidades o para evitar la responsabilidad de estudiar, pensar y decidir?

El verdadero reto en esta época no es tecnológico sino humano. El futuro de la IA se construye no sólo en los centros de investigación y empresas de tecnología, inicia en las familias, e incluye a las escuelas, las universidades, las empresas y las instituciones, que son los lugares donde las personas aprenden qué significa actuar con responsabilidad frente a los demás. La ética de la inteligencia artificial es un debate sobre quiénes somos como sociedad y quiénes queremos llegar a ser.

*Claudia Verenice Acedo Ruiz nació en Hermosillo, Sonora. Estudió Contabilidad en la Universidad Kino y, comprometida con su formación continua, ha obtenido diversas certificaciones y posgrados, entre ellos máster en Dirección de Comunicación Corporativa por OBS y la Universidad de Barcelona, así como la acreditación de CEMEFI como consultora en responsabilidad social (2014). También ha cursado programas como Líder en Cambio Climático (2018) y Emprendimiento Social en la Universidad de Stanford (2019), además de certificaciones en Gobierno Corporativo, IMMPC (2019), ESG Nivel I por IASE (2021) y Ética y Cumplimiento Corporativo Internacional por el Tec de Monterrey (mayo 2022).

Su trayectoria profesional abarca el sector industrial, específicamente en empresas automotrices y agroindustriales. 

Participa como titular de la Comisión de Desarrollo Humano y Sostenibilidad de COPARMEX Sonora y en la mesa de trabajo de la Comisión de Medio Ambiente en Hermosillo Cómo Vamos.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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