Por Claudia E. de Buen Unna
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Existe una metáfora célebre, de una rana que nada tranquila en una olla de agua tibia, sin notar que el fuego, debajo, va subiendo la temperatura paulatinamente. La rana no salta, no huye, no se da cuenta, porque el cambio es tan gradual, que su cuerpo se adapta a cada grado, hasta que ya no puede reaccionar. Muere hervida, sin percibir aquellas señales de alarma que la habrían hecho saltar a tiempo.

Lo mismo puede aplicarse a la sociedad mexicana. La capacidad de adaptación o resiliencia nos ha permitido sobrevivir sismos, devaluaciones y crisis, y puede convertirse también en una forma de normalizar lo que debe de alarmarnos. Nos acostumbramos a la inseguridad, a la corrupción, a la precariedad laboral, a la desigualdad, con la misma naturalidad con la que nos adaptamos a una tragedia natural.  La frase tan reptida, "no pasa nada" puede ser un grito de fortaleza colectiva, pero también puede ser el silencio de quien ya no distingue el peligro porque lleva demasiado tiempo dentro del agua.

Ahí está la paradoja: la resiliencia que nos salva también puede ser la que nos anestesia, perdemos el vigor tan necesario para reaccionar. El reto no es dejar de adaptarnos, porque esa capacidad es parte de lo que somos, nos caracteriza, y hasta con humor lo manejamos, sino aprender a distinguir cuándo la adaptación es una respuesta sabia ante lo inevitable, y cuándo es, en realidad, una forma silenciosa -y hasta cobarde- de resignación frente a algo que deberíamos de cambiar.

Detrás del “no pasa nada" hay algo muy profundo, una filosofía de vida forjada a lo largo de siglos de sismos, crisis económicas, evoluciones políticas, transformaciones legislativas y reinvenciones culturales.

México es un país que ha aprendido a cambiar sin dejar de ser el mismo. Basta pensar en 1985 cuando un terremoto devastador partió la vida de la Ciudad de México, y fue la sociedad civil y no el gobierno, la que salió a las calles a rescatar con las manos desnudas y el corazón destrozado. Entonces se marcó un antes y un después: los mexicanos descubrimos que la solidaridad es mejor, más rápida y más fuerte que el Estado. Aceptamos lo que sucede, pero nos unimos ante la adversidad, ante la urgencia de ayudar, porque tenemos un objetivo común que es ayudar al prójimo. Pero ese sentido no ha surgido ante la adversidad política, porque el agua está “calientita” y aún no se siente la amenaza de morir concinados. 

La capacidad de reinventarnos se repitió con las crisis económicas de los años ochenta y noventa, cuando devaluaciones y crisis financieras obligaron a millones de familias a transformar su forma de vivir, de ahorrar, de trabajar. 

Se repitió la experiencia en dos mil diecisiete, varios sismos que volvieron a cimbrar la capital y Morelos, y donde una nueva generación, la de las redes sociales, organizó brigadas, mapas de ayuda y cadenas de apoyo en cuestión de horas.

Pero la resiliencia mexicana no solo se mide en catástrofes. También vive en lo cotidiano, en los cambios políticos que han transformado el país en las últimas décadas, en la manera en que las familias se adaptan a la migración, a la distancia, a la reinvención económica constante. 

Vive en el humor, ese recurso tan mexicano de reírse incluso del dolor, de convertir la tragedia en chiste sin que eso signifique indiferencia, sino una forma de resistir sin quebrarse, una forma de soportar el dolor, haciendo como si no doliera.

La resiliencia mexicana no es pasividad ni resignación. Hoy la veo como una capacidad activa de adaptación, una que combina memoria histórica, comunidad y una enorme creatividad para salir adelante. Cada generación ha enfrentado su propio quiebre, su propio parteaguas, y ha salido del otro lado con nuevas herramientas, nuevas formas de organizarse y una identidad reforzada, no fracturada por la adversidad. Pero hoy, nuestra realidad nos grita que el agua se va calentando cada vez más, que brinquemos, que hagamos algo y la verdad es que la gente sigue recibiendo sus pensiones y no se da cuenta de la temperatura del agua. 

La pregunta que debería inquietarnos no es si México está cambiando —eso es innegable—, sino si, como la rana, hemos dejado de sentir la temperatura. Cada reforma constitucional, cada nombramiento, cada reconfiguración institucional se ha ido normalizando antes de que termine de asimilarse la anterior. Y así, sin un solo momento de ruptura visible, el agua sigue subiendo.

Quizá el verdadero reto para los mexicanos no sea dejar de ser resilientes, sino aprender a mirar el termómetro con la misma claridad con la que se mira al vecino que necesita ayuda. Adaptarse para sobrevivir es una virtud, pero adaptarse para no ver, para no enfrentar, es un riesgo. La diferencia entre una cosa y otra está en no dejar nunca de preguntarse si el agua sigue tibia, o si ya empezó a hervir.

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@clausdebuen

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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