Por Claudia Pérez Atamoros
A veces se nos olvida que la ciencia y el lenguaje van de la mano. Los científicos hacen ciencia en sus respectivas lenguas y, como la propia evidencia científica nos muestra, cada lengua impone sus estructuras tanto en nuestra visión del mundo como en nuestro pensamiento, razonamiento y emociones.
L.P.H.
A uno le enseñan desde niño que las matemáticas son importantes. Que la química transforma el mundo. Que la física explica el universo. Que si no las entiendes tienes una mente poco menos que…
La ciencias exactas por encima de todo y las ciencias sociales como nido de “quién sabe de qué va a vivir”.
Y mientras tanto, el lenguaje queda arrumbado en un rincón escolar donde viven los acentos, las comas y el trauma colectivo del complemento circunstancial.
Hasta que un día nos cae el veinte.
20 razones para amar la lingüística de la autora riojana Lorena Pérez Hernández tiene una virtud rarísima en los libros de divulgación: no intenta demostrar que la lingüística es importante; logra que el lector descubra, casi sin darse cuenta, que ya vive atrapado dentro de ella.
Basta hojear el índice para caer rendida. Y entender que la autora no intenta recetarnos un catecismo académico. Más sexi que el punto G, Por qué Putin usa mesas tan grandes, Cómo vender hielo a un esquimal…
Uno entiende que el lenguaje no es una materia más. Es el sistema operativo de la condición humana. La arquitectura invisible de todo lo que pensamos, sentimos, negociamos, ocultamos y recordamos.
Justo eso provoca leerle. El libro funciona porque nos explica algo esencial: el lenguaje no es un adorno de la inteligencia. Es su infraestructura.
La lingüística estudia aquello que nos hace humanos.
Y eso, en estos tiempos, debería movernos el tapete.
Vaya que le han pichicateado reconocimiento a esa ciencia. Porque mientras otras disciplinas llegan revestidas de solemnidad, fórmulas y presupuestos, la lingüística lleva décadas siendo vista como la señora que corrige faltas de ortografía en Facebook.
Qué manera tan triste de regatear algo que nos explica cómo pensamos, cómo sentimos y cómo construimos realidad. Porque hablar nunca ha sido un acto inocente.
Socialmente hemos reducido el lenguaje a ortografía, gramática normativa y diccionarios; como si la lengua fuera apenas un conjunto de reglas de urbanidad verbal. El libro desmonta esa mirada y muestra que la lingüística estudia algo muchísimo más incómodo y profundo: cómo el lenguaje moldea pensamiento, memoria, identidad, emociones y relaciones de poder.
En otras palabras: no estudia cómo hablamos, sino cómo el habla nos construye.
Y eso tiene consecuencias políticas enormes.
Cada vez que el libro aborda fenómenos aparentemente cotidianos —las metáforas, los eufemismos, los cambios lingüísticos, la manera en que nombramos ciertas realidades— aparece una idea de fondo: las palabras nunca son neutrales.
Nombrar es clasificar el mundo. Y clasificar el mundo implica ejercer poder sobre él.
En México, el asunto se vuelve todavía más fascinante. Aquí no hablamos: sobrevivimos verbalmente. Retorcemos el idioma, lo enchilamos, albureamos, lo convertimos en mecanismo de defensa emocional.
La autora recuerda constantemente algo que a muchos guardianes del idioma les incomoda aceptar: las lenguas cambian porque están vivas. El “mal uso” de hoy suele convertirse en la norma de mañana. Y detrás de cada transformación lingüística aparecen migraciones, tensiones sociales, tecnologías, conquistas, mezclas culturales y nuevas formas de entender el mundo.
Ahí el libro conecta especialmente bien con sociedades como la mexicana, donde el idioma funciona casi como un mecanismo de supervivencia emocional y social.
Porque en México el lenguaje hace mucho más que comunicar.
Decimos “ahorita” y destruimos la noción europea del tiempo; decimos “mande” y se nos aparece la Colonia en la garganta; decimos “ni modo” como filosofía pública ante el desastre.
Y con un simple “wey” podemos expresar cariño, amenaza, decepción o fraternidad revolucionaria dependiendo apenas de la entonación.
Y no son curiosidades folclóricas. Son cicatrices culturales.
No es lo mismo decir “feminicidio” que “crimen pasional”.Ni “desaparecidos” que “personas no localizadas”.Mucho menos, “daños colaterales” que muertos.
Uno abre la boca y se le sale la biografía completa: la clase social, la educación, el barrio, las heridas, el miedo, la arrogancia, la ternura, el país entero.
El lenguaje es memoria, historia, música, matemáticas, física y biología al mismo tiempo. Un mecanismo finito capaz de producir infinitas posibilidades. Un conjunto de reglas que vive peleándose con el caos maravilloso del uso cotidiano.
Logra algo dificilísimo: sacar la lingüística del pedestal universitario y sentarla en la sobremesa, en la calle, en los memes, en los discursos políticos, en el albur, en los silencios familiares…
Por eso la lingüística incomoda tanto: porque obliga a aceptar que las palabras nunca son solamente palabras.
Son poder. Y también memoria.
Las sociedades dejan cicatrices en el idioma. Un país habla distinto después de una guerra, de una dictadura, de una pandemia o de una revolución digital. Las palabras sobreviven como fósiles emocionales de cada época.
Por eso sigo pensando en esa idea que me atravesó mientras leía el libro: el lenguaje es la cicatriz visible del pensamiento. Porque pensar ocurre adentro. Pero hablar deja marca.
En la manera en que alguien se expresa aparece lo que ama, lo que teme, lo que aprendió a callar y hasta aquello que todavía no logra entender de sí mismo.
Uno cree que usa el lenguaje todos los días.
Y quizá la revelación más inquietante es otra: que en realidad el lenguaje lleva siglos usándonos a nosotros.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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