Por Claudia Pérez Atamoros

Cuac, cuac. No fue un graznido cualquiera. Resultó el conjuro perfecto.

En las leyendas del rey Arturo, Merlín era el gran mago de Camelot. Consejero de reyes, intérprete de señales, conocedor del futuro y maestro de los encantamientos. Su poder consistía en transformar la realidad o, cuando menos, en lograr que los demás la vieran y creyeran de otra manera. 

Siglos después, México encontró a su propio Merlín. No viste túnica. Ni usa sombrero puntiagudo.

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