Por Raquel López-Portillo Maltos
Conquistar el poder es difícil, pero heredarlo suele ser mucho más complicado. La historia latinoamericana está llena de caudillos capaces de construir movimientos, ganar elecciones, garantizar un lugar en los libros de historia y dominar la conversación pública durante años. Son mucho menos frecuentes aquellos que logran convertir su liderazgo personal en una fuerza política capaz de sobrevivirles.
Las recientes elecciones presidenciales en Colombia ofrecen una prueba de este fenómeno. La candidatura de Paloma Valencia representó uno de los intentos más claros del uribismo para lograr lo que persigue todo liderazgo personalista: la continuidad, la sucesión, la trascendencia del proyecto político de Álvaro Uribe.
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