Por Rita Alicia Rodríguez.
¿Cuándo habrá una titularidad realmente compartida en todo el ecosistema deportivo?
Sí, como buena millennial, crecí también entre pantallas y contenidos que se consumían a “permanencia voluntaria” o involuntaria… y, como alguien que desde niña manifestó un interés genuino en cómo se construyen los mensajes de comunicación y publicidad, debo admitir que hay personajes e imágenes que no se borran.
Una de ellas pertenece a la cobertura de un mundial de futbol en el que una figura femenina apareció asociada a una transmisión deportiva que la convirtió en parte de una dinámica de exposición comercial. Su presencia terminó siendo más comentada por la forma en que se le mostraba y se le entrevistaba (si es que algunas de esas intervenciones podían considerarse entrevistas) que por cualquier otra lectura que también habría sido posible visibilizar.
De hecho, esta forma de construcción mediática del Mundial de México 86 ha funcionado como uno de los tantos puntos de referencia para entender cómo se ha delimitado la presencia femenina dentro de la cobertura y la estructura de decisión en el deporte.
A finales de los ochenta, esa imagen comenzó a repetirse hasta volverse reconocible, casi coreográfica y, en su momento, aspiracional, como parte de un ideal que acompañó la experiencia del evento. Con el tiempo terminó fijando un patrón: la mujer integrada al contenido en un rol de acompañamiento visual, mientras la atención principal del deporte se reservaba para “otros protagonistas”, otras visiones y otros espacios de participación dentro y fuera de la pantalla.
Décadas después, hemos de reconocer que hay avances, pero el proceso continúa con historias y transiciones que, a la fecha, siguen atravesadas por desigualdades.
En distintos espacios vinculados al deporte, varias profesionales han relatado trayectorias donde la entrada a la industria estuvo condicionada por la imagen. Algunas lo han dicho sin rodeos: primero fueron visibles por su presencia física y sólo después por su capacidad profesional... en algunos casos, esa transición ni siquiera ha sido posible. Y aquí es donde el problema no está solamente en el origen de la oportunidad, sino en la permanencia de un lugar donde la credibilidad se construye a partir de un doble filtro: competencia profesional y validación estética.
Que a estas alturas todavía parezca existir una especie de "código de vestimenta" o de rol no escrito para determinados eventos, transmisiones y apariciones públicas resulta revelador. Porque, aún cuando las condiciones han cambiado y la conversación sobre representación es hoy mucho más amplia, persiste la expectativa de que ciertas mujeres deban cumplir requisitos adicionales para acceder, permanecer o ganar legitimidad dentro de espacios vinculados al deporte.
Dentro de la estructura organizacional del deporte, los roles en áreas clave continúan siendo reducidos para las mujeres. En el ámbito deportivo internacional, las mujeres ocupan apenas una cuarta parte de los puestos ejecutivos y siguen estando subrepresentadas, de acuerdo con la Sport Integrity Global Alliance (2023).
Y otra vez, podemos decir que en la cobertura deportiva contemporánea la narrativa ha evolucionado en formato, velocidad y plataformas, pero en algunos casos, persiste una lógica de validación donde la mujer debe negociar su presencia. Incluso en entornos donde existe un discurso de integración de “equipos mixtos”, la asignación de funciones no siempre refleja un equilibrio dentro del equipo editorial.
Hay otro elemento que se revela con claridad: la idea de “hacer equipo” como argumento para diluir responsabilidades editoriales o ceder liderazgo. En algunos testimonios dentro del periodismo deportivo, esa expresión aparece como mecanismo de adaptación, pero también, se observa como una forma de resignación.
Y entonces, ¿cuándo habrá una titularidad realmente compartida en todo el ecosistema deportivo?
Desde la lógica actual del deporte, la exposición de la mujer convive con una forma particular de asignación de valor, una lucha entre la “vieja escuela” y los equipos que sí quieren hacerlo diferente. De igual forma, se sigue capitalizando su presencia hacia la audiencia, mientras su participación como productora de contenido estratégico o como definidora de agenda sigue sin consolidarse.
Queda clara la brecha y, al mismo tiempo, el entorno digital abre nuevas posibilidades para contar el deporte de otras formas, pero ese cambio realmente ocurre cuando se traduce en acciones desde toda la industria.
Es incómodo ver que estos estereotipos todavía sigan a cuadro. También resulta difícil mirar que, mientras en otros espacios y entornos hay avances, en el ámbito deportivo persista un rol de acompañamiento: el de “completa la frase, sigue el chiste o solo sonríe”. Por fortuna, no es la regla general, pero con que exista en algunos casos basta para no dejarlo pasar.
Así que ya es tiempo de abrir el juego desde otras canchas… ¿o todavía estamos decidiendo quién puede entrar a jugar y quién solo acompaña desde la línea?
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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