Por Claudia Pérez Atamoros
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(Léase con profundo sarcasmo, pero sobre todo con mucho, mucho amor —imaginen a Walter Mercado—)

Después de más de cuarenta años de periodista, me ascendieron a viene viene.

—Viene, viene… Pásele a mi columna. Aquí hay lugar para su indignación. Le acomodo una mentada entre dos párrafos y le cuido su derecho a estar hasta la madre.

También mesereo:

—Hoy tenemos sarcasmo recién hecho, una porción generosa de realidad y el disgusto de la casa, con mantequilla pa’ que resbale. ¿Le traigo la cuenta?

Ah, no. Cuenta no hay. Hay propina.

En Opinión 51 ya se pueden dejar propinas por columna. Tenemos el botón del tip jar. En inglés suena a estrategia financiera; en español, andamos boteando. La neta.

—Échele al cochinito una monedita, lo que sea su voluntad. Es para una periodista que todavía tiene la mala costumbre de comer. Muy mala. Pésima.

También pueden invitarme un café. Y ahí sí me tocaron una fibra sensible, porque me encanta. Después de tantos años de beberlo mientras escribo, ¡por fin! alguien tuvo la decencia de ponerle un botón a mi vicio. El único que ha sobrevivido a mis años y al sonsonete ese de “cuida tu salud”. El cigarro lo dejé hace años y la coca… cola, también. ¿A dónde vamos a parar?

Antes una invitaba al lector a reflexionar. Ahora, además, le pregunto si me invita un americano.

Así andamos consiguiendo recursos para que escribir también deje algo con qué vivir. Ya de gozar, ni hablamos. Los medios buscan suscriptores, patronos, patrocinadores, mecenas. Yo ya me conformo con que aparezca alguien y diga:

—El de la señora (porque señorita sería mucho pedir) va por mi cuenta.

Y sí es un pedo. Durante años nos dijeron que el periodismo era un apostolado, y una, tan pendeja, creyó que era una profesión. Estudié, reporteé, escribí, corregí y hasta tuve la extravagancia de pretender cobrar.

Los sueldos siempre fueron miserables, pero tenían una ventaja: eran sueldos fijos, semanales. Ahora hasta la miseria tiene que buscar patrocinador.

—¿Y la satisfacción de que te lean?

¡Enorme! ¿Vieras? He intentado pagar con ella en el supermercado, pero la cajera insiste en que inserte mi tarjeta. Y ante tal terquedad, una tiene que sacar el billullo.

Con el prestigio me pasa algo parecido. Una envejece y la vanidad del nombre se escabulle. He tratado de entrar en un vestido de prestigio y ya no quepo; en unos jeans de “es un plus” y pos tampoco.

¿Y ahora qué hago con tanto prestigio? ¿Lo empeño? ¿Me darán aunque sea para un capuchino?

Porque yo me pregunto: si un limpiavidrios trabaja en una esquina y consigue sus pesos, aunque sea para un café, ¿por qué nosotras no? Él pone su trabajo y una pone el suyo. A mí también me lleva tiempo quitar tanta mugre para intentar ver qué hay detrás.

Y hay días en que la realidad necesita tallarse con las dos manos. Como los calcetines.

Así que aquí estoy. No pido posada, pero sí propina.Pueden echarle al cochinito o invitarme un café. Hay trabajo detrás de estas líneas. También recibos.

Y si hoy no pueden, lean, compartan, recomiéndenme. Pero ¡no se sigan de frente! No se hagan güeyes, pues.

—Viene, viene… Todavía cabe otro lector. Aquí les aparto su lugar. Y si no nos dan, tengan la certeza de que nadie se las va a rayar… la camioneta, digo.

Nomás no me digan que Dios me lo pague, porque ese ya me debe varias columnas. Trae saldo en contra. Igual que el periodismo.

✍🏻
@perezata

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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