Por Claudia Pérez Atamoros
La ciencia de incomodar, el arte de cuestionar y la responsabilidad de cuidar.
Algunas mujeres llegan a cambiar el mundo; otras, a explicarnos por qué urge hacerlo. Karla Graciela Cedano Villavicencio, reconocida por Marea 51 en Sostenibilidad, pertenece a ambas. No le importa incomodar con ello y yo sospecho que hasta lo disfruta. No por afán de contrariar, sino porque ha entendido algo que a muchos nos cuesta aceptar: la comodidad individual suele ser enemiga de la responsabilidad colectiva.
Tiene 57 años, una mata de cabello plateado brillante —como su inteligencia— y una vitalidad que parece llevarle varios años a la edad biológica.
Se arrellana en la silla, mueve las manos, se reacomoda, se entusiasma. Su cuerpo acompaña las palabras, las subraya, las celebra. No parece estar concediéndome una entrevista, sino invitándome a pensar con ella y, de ser necesario, a cambiar de opinión.
Es frontal, apasionada, irreverente. Se describe como introvertida, aunque su conversación no deja mucho espacio para imaginarla callada. Son cosas distintas, desde luego. Una puede disfrutar la soledad y tener mucho que decir. Sobre todo cuando lleva años haciéndose preguntas.
La doctora Cedano es ingeniera en Sistemas Electrónicos, maestra en Ciencias Computacionales y doctora en Ingeniería y Ciencias Aplicadas, especializada en materiales. Es académica del Instituto de Energías Renovables de la UNAM, donde dirige el Laboratorio de Innovación y Futuros y encabeza el Departamento de Innovación Estratégica. Su trayectoria curricular me roba espacio para retratarla, pero detrás de sus títulos hay una mujer que quiso ser albañil, modelo y hasta Miss Universo.
—Aunque no tenía ninguna posibilidad. Bajita y gordita —se ríe de sí misma, con la libertad de quien ya no está dispuesta a pedir disculpas por su cuerpo.
Nació el 6 de marzo de 1969 en la Ciudad de México. Su familia, católica y conservadora, procedía de la colonia Moctezuma. En 1974 se trasladaron a Cuernavaca, cuando su padre llegó a encargarse de llevar la primera Comercial Mexicana a la ciudad. Allí echó raíces. Fue la primera de cuatro hijos, aunque solamente sobrevivieron ella y su hermano menor. Estudió en instituciones privadas, siempre becada, y se considera un ejemplo de movilidad social.
Le apasionan la ciencia y las letras. Los números y las palabras. La lógica matemática y los universos imposibles de la ciencia ficción. Agradece que en su casa, pese al conservadurismo, jamás escuchara que había cosas que no podía hacer por ser mujer. Ya fue harina de otro costal descubrir que el mundo exterior no compartía aquel pensamiento.
Se casó a los 21 años y volvió a hacerlo a los 26. Conoció la viudez, el divorcio y llegó a una conclusión que no parece provocarle conflicto: no nació para vivir en pareja. Tiene una hija de 34 años que reside en Escocia. Se encuentran un par de veces al año, pero su presencia atraviesa nuestra conversación: ha sido una de sus grandes maestras.
Durante años vivieron juntas en casa de los abuelos. Hasta que su madre le hizo ver que había llegado la hora de hacerse cargo de su propia vida y de su hija, que entonces tenía 18 años. Karla terminó convirtiéndose en su roomie. Aquella mudanza fue mucho más que un cambio de domicilio: aprendieron a mirarse como dos mujeres capaces de acompañarse, cuestionarse y enseñarse mutuamente.
Su hija le abrió ventanas que la educación familiar y sus propias certezas habían mantenido cerradas. Karla, que se consideraba derechosa, conservadora y una «feminista light», comenzó a revisar sus convicciones. Se descubrió de izquierda y se reconoció feminista.
—Mi hija me enseñó que ser feminista no admite peros. Hay que meter el cuerpo.
Cuenta que años después pudo decir: «De aquí soy». Una declaración formidable. Muchas mujeres pasan la vida buscando dónde ser aceptadas y algunas descubren que el primer territorio que necesitan habitar sin pedir permiso es su propia existencia.
Para el mundo, dice, es «viuda, divorciada, madre soltera e incómoda». Etiquetas que parecen describirla a partir de alguien que no está o de alguna expectativa que no cumplió. Ella prefiere una definición menos lastimera: es una mujer completa. Disfruta estar consigo misma.
Desde hace cinco años dejó de teñirse el pelo y de planchar su ropa. Las canas le merecieron el apodo de «silver sister». Las arrugas, las estrías y la celulitis no parecen quitarle el sueño.
—Me gusto como soy.
Disfruta cumplir años, los pasteles y las felicitaciones. Le gusta celebrar estar viva.
Karla ha conocido los prejuicios y las violencias de los espacios científicos masculinizados, pero también ha convertido su experiencia en una práctica académica que incorpora la perspectiva de género y la inclusión.
Y de allí regresamos al asunto que más la apasiona.
—Sostenibilidad, sustentabilidad… El nombre es lo de menos —me dice.
Para ella se trata de pensar en los demás. Cuidar. Procurar. Compartir. Sostener. Entender que ninguna vida se basta a sí misma. Habla de la responsabilidad que compromete nuestras decisiones, nuestros recursos y hasta nuestra manera de hablar.
Por eso defiende el nosotres. Le irrita la rigidez de la Real Academia Española y cuestiona a quienes pretenden que la lengua permanezca inmóvil mientras la sociedad cambia. Encuentra riqueza humana en las palabras que buscan nombrar a quienes quedaron fuera del discurso. Le parece más grave que no nos incomode la exclusión.
La escucho y pienso que, para Karla, la sostenibilidad comienza antes de separar la basura: comienza cuando reconocemos la existencia de alguien más.
Habla del reuso, la composta, los biodigestores, los paneles solares y los vehículos eléctricos sin la superioridad moral de quien se considera ambientalmente impecable. Se adelanta a señalar sus contradicciones: viaja mucho en avión por razones profesionales y reconoce su huella de carbono. Le gusta la televisión, disfruta ciertas comodidades y no pretende presentarse como una santa patrona del reciclaje.
Busca el balance entre lo que necesitamos y lo que deseamos; entre el bienestar individual y el colectivo. Tiene paneles solares, hace composta y utiliza un automóvil eléctrico. Sabe que eso no borra las emisiones de sus vuelos, pero intenta reducir su impacto cotidiano.
Los recursos naturales son finitos. Nuestras ganas de comprar, aparentemente, no. Hemos conseguido que hasta dejar de consumir pueda convertirse en una nueva forma de consumismo.
Sin embargo, Karla no limita la sostenibilidad al medioambiente. Hay una dimensión que la enciende particularmente: la cultural.
La educación, explica, construye comunidad. También la que se transmite mediante la memoria, los saberes tradicionales y la convivencia. Le indigna que menospreciemos los conocimientos de nuestros pueblos, que tratemos sus usos y costumbres como curiosidades folclóricas. Le interesa el encuentro entre distintas maneras de comprender y habitar el mundo.
Critica los sistemas educativos que enseñan a repetir respuestas, pero no a formular preguntas. Y me cuenta una experiencia que parece resumir su filosofía.
Fue institutriz de dos hermanos que debían cursar la secundaria y la preparatoria en casa. Su familia había sufrido un secuestro y decidió mantenerlos fuera de la escuela convencional. Karla entendió que no podía saberlo todo, así que convocó a sus amistades para que compartieran sus conocimientos. Hoy, uno es ingeniero y el otro médico, ambos con estudios de posgrado.
La anécdota la entusiasma por lo que demostraron: no necesitaba saberlo todo. Necesitaba saber a quién convocar. Otra vez la comunidad.
Tampoco basta con llevar tecnología a una población. Primero hay que escucharla: comprender qué necesita, qué sabe y qué puede sostener. Confiesa que un día «le cayó el veinte»: cuando enseña, también aprende.
Me habla de menstruación, maternidad, menopausia y de los cambios hormonales que atraviesan mujeres y hombres. Considera que necesitan abordarse desde el cuidado colectivo. Y entre la composta, la filosofía y la justicia energética aparece una palabra que ella considera indispensable: incertidumbre.
Le gusta dudar. Cuestionar. Volver a preguntar, como las criaturas pequeñas que descubren el mundo a fuerza de porqués.
Se reconoce neurodivergente. Tardó años en descubrirlo y ese conocimiento la ha ayudado a entenderse. También ha aprendido a decidir qué compromisos acepta.
—Una tiene que aprender a escoger sus esclavitudes —sentencia.
La conversación da otro giro: la inteligencia artificial. Aquí la científica apasionada por la innovación se convierte en una de sus críticas más severas. Considera que se alimenta del conocimiento colectivo para concentrar los beneficios en unas cuantas manos.
—¿Democratizadora? ¡Mis chicles!
Sonrío, pero su preocupación no tiene nada de cómica. Advierte que el dominio de las grandes plataformas y la desigualdad de acceso podrían convertir una promesa de progreso en otra maquinaria de subordinación. Cuestiona a quién sirve la tecnología y quién termina pagando las consecuencias.
Para explicármelo recurre a la ciencia ficción: La máquina del tiempo, de H. G. Wells. En aquel futuro, la humanidad se ha dividido en dos especies: los eloi, que viven en la superficie, y los morlocks, que habitan el subsuelo, mantienen la maquinaria y terminan alimentándose de los primeros.
Karla encuentra resonancias entre aquella distopía y la concentración del poder tecnológico. Pienso que lo aterrador no es solamente que unos seres devoren a otros, sino que la humanidad haya construido las condiciones para semejante desenlace. La posibilidad de terminar canibalizando nuestros recursos naturales e intelectuales hasta dejar sin futuro a quienes vienen detrás.
Para Karla, ese futuro se construye con las decisiones del presente. Regresamos al calentamiento global. Le desespera que todavía se discuta la responsabilidad humana como si la evidencia científica fuera una cuestión de opiniones.
Insiste en que las acciones individuales importan cuando se articulan colectivamente. Las compara con los votos. Uno por uno.
Hablamos de la recuperación de la capa de ozono y del Protocolo de Montreal: una respuesta internacional coordinada a un problema compartido. Qué extraordinaria paradoja: cuando la prevención funciona, siempre aparece alguien dispuesto a asegurar que el peligro nunca existió.
Se sabe privilegiada. Reconoce las oportunidades y lo que llama «accidentes felices». También sabe que hay quienes crecen donde cada posibilidad exige un esfuerzo desmesurado. Su conciencia de clase la obliga a preguntarse qué hace para que otras personas tengan oportunidades.
Comprendo por qué se asume incómoda. Incomoda que una mujer hable con seguridad de lo que conoce y reconozca lo que ignora. Que cuestione jerarquías y discursos de autoridad. Que no pretenda agradarle a todo el mundo. Sabe que no es «monedita de oro» y que a las mujeres frontales todavía se les cobra una cuota especial por ejercer su voz.
A sus 57 años le interesa la posibilidad de estar equivocada: obliga a escuchar, revisar conocimientos y descubrir algo nuevo. Ha convertido la curiosidad infantil en una disciplina adulta.
Hacia el final vuelve a hablar de compartir el conocimiento y, para mi sorpresa, comienza a hablar de Opinión 51. Elogia el encuentro de voces y miradas. La escucho con gratitud y pudor. Esta es mi casa y, cuando alguien habla bien de la casa de una, por muy periodista que se sea, algo se mueve.
Karla acaba de regresar al principio: a la comunidad, a las voces que se encuentran, al conocimiento que circula.
Cuando pienso en esta mujer de cabellos plateados, risa fácil y preguntas interminables, no recuerdo primero sus grados académicos. Recuerdo su manera de arrellanarse en la silla. Su entusiasmo al hablar del aprendizaje. Su seguridad para decir que le gusta ser quien es. Su preocupación por quienes todavía no encuentran su lugar.
El futuro no se sostiene solo. Nos sostenemos entre nosotres.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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