Por Mónica Hernández
Una Universidad de muchísimo prestigio, siete “estudiantes” machos alfa, depredadores y seguramente, cachorros del nepotismo de sus respectivas familias y sociedades. Para más INRI, una fraternidad estudiantil, que se supone recibe entre sus brazos a los mejores de una generación.
Por otro lado, una joven mujer. Invitada a la fraternidad, drogada y violada por los siete “amigos”. Pareciera un cuento cruzado de horror y ciencia ficción, pero esto ocurrió (y tal vez, ocurra) entre estos grupúsculos universitarios premium. Porque las mujeres, ya se sabe, no están en las universidades para estudiar, sino para complacer a sus compañeros que “les hacen el favor” de fijarse en ellas. El favor de invitarlas.
Lo más impresionante, a estas alturas del partido, es que la dirección académica, enterada del caso, lo desestimara. Acaso, ¿no tienen madre? ¿hijas? ¿hermanas? El caso se archivó y Juana Pérez (nombre ficticio) decidió no denunciar penalmente a los agresores (hasta ahora), sino por la vía civil directamente a la Universidad de Cornell, por quedarse de brazos cruzados. También denuncia a la fraternidad y a cada uno de los agresores. Si la demanda civil procede, entiendo (que yo de leyes entiendo poco y de derecho anglosajón, basado en jurisprudencia) que procedería la vía penal.