Por Sofía Guadarrama Collado

Elena había cumplido cuarenta y ocho años cuando descubrió que las madrugadas ya no eran lo que habían sido. No supo exactamente cuándo ocurrió. Las cosas importantes casi nunca avisan: un día dejan de suceder y uno continúa viviendo como si nada, hasta que una mañana cualquiera descubre que algo se ha marchado para siempre. A ella le sucedió con el amanecer. Durante mucho tiempo había creído que la madrugada era una promesa, una puerta entreabierta por donde todavía podían entrar las cosas buenas de la vida. Pero ahora, cuando el despertador desgarraba el silencio de la habitación, comprendía que ya no despertaba para comenzar de nuevo, sino para continuar el cansancio del día anterior. Era como si la noche no hubiera venido a descansar su cuerpo, sino a recordarle todas las batallas que todavía le quedaban por librar.

Apenas cerraba los ojos, el sueño se le escurría entre los dedos. Y cuando finalmente conseguía abandonarse a él, el despertador volvía a reclamarla con la puntualidad de un acreedor. Elena se incorporaba despacio, como quien emerge de un naufragio sin saber si ha llegado a tierra firme o simplemente ha encontrado otra manera de hundirse. Le pesaban los brazos, le dolía la espalda y las piernas parecían pertenecerle a una mujer mucho más vieja, una desconocida que se hubiera metido en su cama durante la noche y hubiera dejado allí, a cambio de su juventud, un cuerpo usado y sin instrucciones. Había mañanas en que hasta respirar le parecía una obligación administrativa.

Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.