Por Cristina Gutiérrez

Cuando el 10 de octubre de 2025 se anunció el alto al fuego entre Israel y Hamás, la población gazatí finalmente respiró. Casi dos años de guerra habían dejado a la Franja de Gaza reducida a escombros, con un saldo de más de 73,000 palestinos muertos, y el acuerdo prometía al fin una tregua y el fin de los bombardeos. Casi diez meses después, esa promesa no ha sido más que ficción y la semana pasada, una vez más, la realidad se ha encargado de demostrarlo.

El martes 28 de julio, las Fuerzas de Defensa israelíes bombardearon la mezquita Al-Muttaqin, en Ciudad de Gaza. El ataque mató al menos a una persona, hirió a decenas y destruyó tanto la mezquita como gran parte de las tiendas de campaña colindantes donde se refugiaban cientos de palestinos que han sido desplazados por la guerra. Al día siguiente, ataques con drones golpearon el campamento de refugiados de Nuseirat, en el centro de Gaza, y una vivienda en el barrio de Al Rimal; por la noche, un bombardeo destruyó varios edificios en el campamento de Shati y otros más en Deir al-Balah. El jueves 30, un ataque aéreo israelí impactó contra un campamento de personas desplazadas en Khan Younis, al sur de la Franja, matando, entre otras personas, a un niño de ocho años. En el campamento de Al-Bureij, un ataque contra una vivienda mató a un bebé de 18 meses. Una semana, una mezquita, cuatro campamentos de refugiados y varios barrios residenciales bombardeados. Un bebé de 18 meses, un niño de ocho años y varios adultos entre los muertos. Esta es la realidad detrás de lo que sigue llamándose “alto al fuego”.

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