Por Leticia González Montes de Oca
Lo bueno es que el golpe no iba para mí. Iba al asiento, al volante, a la pared, al cristal.
Lo bueno es que fue su puño y no mi rostro el que quedó ensangrentado por esa rabia desproporcionada que le brotaba de las entrañas.
Lo bueno es que no siempre es así. Solo cuando se me hace tarde, o cuando hablo con alguien, o cuando llega tomado, o cuando no tengo ganas, o cuando el bebé no se calla.
Lo bueno es que con el maquillaje, el peinado adecuado y los lentes de sol, nadie se da cuenta.
Lo bueno es que salí maltrecha, devaluada y resentida, pero viva.
Lo bueno es que ya no está. Que ahora puedo gritarlo, contarlo, desenmascararlo, sin que pueda mandar a alguien a desfigurarme la cara.
Lo bueno es que el mundo empieza a entender por qué tantas mujeres callan: porque han sido manipuladas, porque temen ser señaladas, porque no tienen adónde ir, porque saben que habrá represalias.
Lo bueno es que alzar la voz quizá anime a otras a escapar antes de que sea tarde. Y quizá también les quite las ganas a una sarta de cobardes.
Lo bueno sería que fueran ellos los que tuvieran miedo.
A ser descubiertos.
A ser señalados.
A ser desenmascarados.
Que fueran ellos quienes murieran de vergüenza.
Lo malo es que esta es la historia de muchas. Demasiadas.
Lo bueno es que cada vez son menos las que callan.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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