Por Patricia Conde Juaristi
Hubo un momento en el que todo se quebró. Solo un instante hizo falta para ver —qué palabra tan sencilla para una epifanía— que todo estaba roto. Como en muchos momentos de mi vida, quise huir, correr, deshacerme de mí. Eso hice. Me fui al mar. Nunca he sido amante del mar, ni de la pesca; ni sé nadar ni me importa, pero entonces… era el mar el que ocupaba mi pensamiento. Quizá por su impermanencia, por el rumor de las olas, por su aroma salado, y, sobre todo, por la espuma.
Me fui por poco tiempo. Sola. A mirar el mar. No caminé por la playa, no me gusta sentir la rugosidad de la arena en mi cuerpo, pero vi desde el balcón del cuarto las puestas de sol, todas y cada una, desde el principio hasta el fin, hasta mi fin. Se parecen a estos sentimientos que se agolpan en mi pecho, en mi pensamiento, en mi vientre. Miraba la puesta de sol, su agonía esplendorosa, sabiendo que iba a caer en el horizonte, pero con la esperanza de que esa tarde —aunque fuera solo esa tarde— no ocurriera así. Que se rebelara y quedara pendiente del cielo, que se negara a terminar el día, que no diera paso a la noche, a las estrellas, a la luna, a su poética. Sin embargo, lo vi ponerse y lloré.