Por Patricia Conde Juaristi

Entro en mi cuarto. En un movimiento irreflexivo, me acerco al espejo. Puedo ver el color de mis pupilas. Empiezo a notar la transparencia de los ojos que están por morir. Tomo el frasco de crema que me alisa un poco el cutis. Insisto en la piel alrededor de mi boca, aun sabiendo que no puedo borrar un gesto de tristeza, casi imperceptible, que tengo desde la infancia.

 Mis cabellos son lisos. Nunca se despeinan. Sencillamente caen sobre los hombros, siempre igual. Me aburro. Hablo conmigo, con ella, con esta que miro. No se parece a la de ayer; no sé cómo, pero no es igual.

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