Por Patricia Conde Juaristi
Entro a la regadera. El agua caliente levanta un vaho espeso sobre los vidrios. Siento un placer breve, casi clandestino, escondido en las gotas que caen con fuerza sobre mi espalda. Cierro los ojos para mirar hacia adentro, para permitirme soñar. Pocas veces estoy sola. Sola de verdad, sin otra obligación que permanecer conmigo misma.
Mientras me mojo el cabello, algunas ideas empiezan a agolparse en mi cabeza. Llegan también recuerdos, sentimientos, emociones. Algunos son tristes; otros son remordimientos. También vienen los temores: castigos, consecuencias, viejas culpas, delitos que creí olvidados y que ahora empiezan a danzar a mi alrededor. Es como si hubieran cobrado vida propia. Tengo miedo de que los fantasmas de mis errores se abalancen sobre mí con reproches y dardos.
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