Por María Alatriste
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Pienso en Helena Paz Garro, hija de Elena Garro y Octavio Paz y me pregunto qué significa nacer entre dos nombres imposibles de llenar. No entre dos padres solamente sino entre dos mitologías. De un lado, Octavio Paz que es el poeta mayor, Nobel, diplomático, intelectual que escribió sobre México como si México fuera también un laberinto íntimo. Del otro, Elena Garro como la escritora genial, incómoda, luminosa, perseguida, contradictoria, durante décadas reducida a ser “la esposa de” o “la loca de” antes que reconocida como una de las grandes voces de nuestra literatura.

Y en medio, Helena.

La historia de Helena duele porque no cabe en la comodidad de los bandos. No sirve para decir simplemente “Paz fue el villano” o “Garro fue la víctima perfecta”. La vida rara vez se ordena así. Elena Garro fue una mujer extraordinaria, pero también una madre absorbente, herida, marcada por el miedo, la precariedad y el exilio. Octavio Paz fue un escritor descomunal, pero también una figura distante, severa, atravesada por los privilegios y cegueras de su tiempo. Y Helena quedó atrapada entre ambos, en la sombra del padre y la fusión con la madre.

No sería justo decir que Octavio Paz nunca tuvo relación con su hija. Hubo infancia, cartas, juegos, viajes, poemas, preocupaciones y momentos de ternura. Helena recordaría que de niña su padre la cargaba en las piernas y jugaba con ella. También diría algo más doloroso: que lo quiso mucho y que aprendió a perdonarlo.

Esa frase, “aprendí a perdonarlo”, contiene tanta herida.

Pero una reconciliación no borra una infancia partida, el exilio, el hambre, el peso de crecer entre dos versiones llenas de complejidad.

El año 1968 terminó de romperlo todo. Ese año México se preparaba para mostrarse ante el mundo como un país moderno, pacífico, olímpico. La Ciudad de México sería sede de los Juegos Olímpicos. Había una urgencia un poco parecida a la que vemos ahora en el mundial al querer enseñar orden, progreso, estabilidad, belleza. Pero en las calles había otra, estudiantes golpeados, escuelas tomadas, granaderos, ejército, miedo y una juventud que reclamaba libertades básicas.

Mientras la Plaza de las Tres Culturas quedaba marcada por la represión, los muertos, los detenidos, los desaparecidos, las versiones oficiales y el miedo, las olimpiadas eran la distracción. Elena Garro y Helena Paz Garro entraron en uno de los episodios más polémicos de la cultura mexicana. Elena no se alineó con el movimiento estudiantil. Pensaba que los jóvenes estaban siendo usados por intelectuales y políticos. En agosto de 1968 escribió “El complot de los cobardes”, texto que la colocó en abierta confrontación con buena parte de la intelectualidad de la época.

Después de Tlatelolco, la situación se volvió todavía más oscura. Garro fue señalada, interrogada, vigilada, repudiada. Ella respondió acusando a intelectuales de haber empujado a los jóvenes a una aventura mortal. Para muchos, eso la convirtió en delatora. Para otros, en víctima de una maquinaria política que la usó.

Helena publicó una carta sin paz a su padre, en la que lo confrontaba públicamente y acusaba a intelectuales de manipular a los estudiantes. Sin embargo, mientras Octavio Paz quedaba en la memoria como el diplomático que renunció tras Tlatelolco, Elena Garro quedaba marcada como la escritora incómoda, sospechosa, traidora, delirante. Mientras Paz podía ocupar el lugar del intelectual que rompe con el poder, Garro era expulsada del símbolo patriota. Y Helena, quedó partida entre esas dos narrativas.

Me interesa Helena porque su historia revela algo profundamente contemporáneo. Todavía hoy juzgamos a las mujeres heridas con una dureza que rara vez aplicamos a los hombres brillantes. Si una mujer se quiebra decimos que es una histérica, si un hombre se impone decimos que es brillante.

México ya vivió una vez la contradicción de querer mostrarse impecable ante el mundo mientras intentaba contener una herida interna. En 1968 fueron las Olimpiadas. En 2026 es el Mundial. No son la misma historia, no es el mismo régimen, no es la misma violencia. Pero sí vuelve una pregunta incómoda: ¿qué dolor debe callarse para que la fiesta pueda continuar?.

Por eso Helena Paz Garro me parece una figura tan poderosa para pensar el país. Ella fue hija de una guerra íntima y pública. Su vida quedó atravesada por una familia que no supo protegerla del todo y por un país que se escondió en la celebración.

En la historia de Helena hay sobre todo, una advertencia que me resuena en los tiempos en los que vivimos con tantas distracciones. Ninguna persona debería tener que incendiarse para demostrar que existe.

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@MariaAlatriste

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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