Por Patricia Conde Juaristi
Abrí el cajón y saqué la llave. Es una llave pequeña, con un listón descolorido. La tuve entre mis manos durante un buen rato. No estaba segura de querer usarla. Finalmente la metí en la chapa y di vuelta al cerrojo.
Es un ropero antiguo. Lo tengo desde que murió mi abuela. Dentro del mueble hay algunos cajones que guardan recuerdos solo míos. No significan nada para nadie.
Tiene un espejo grande, el único que conservo. Ya había quitado todos los demás espejos de la casa porque me gustaba encerrarme a platicar con este, mi único confidente. Me detuve frente a él. Me miré largamente.