Por Patricia Conde Juaristi
El retrato es de formato pequeño. En la esquina derecha se alcanza a leer una dedicatoria y una fecha borrosa: 1902. Las figuras son claras, pero las facciones son difíciles de captar. Me esfuerzo en seguir con detenimiento las líneas de la cara, calculo el tamaño de las manos y trato de imaginar el color de los cabellos. Quiero encontrar los rasgos que, según mi padre, me hacían idéntica a mi abuela. Me miro al espejo comparando los gestos que supuestamente me acercaban físicamente a esa abuela que murió vieja y sin que yo la conociera.
Mi niñez también permanecía en el lado oscuro de mis propios recuerdos. La necesidad de sobrevivir al ahogo del absurdo me encadenó a mi madre y mis hermanos. Solo basta con permitir que mi mirada se quede quieta en cualquier objeto para que los recuerdos penetren y dancen a mi alrededor al ritmo delirante de los sueños muertos. Todavía escucho los gritos que se estrellan en las paredes de la casa, los golpes, las pisadas fuertes y rápidas de mi padre. Por los vanos donde deberían estar las puertas, se cuelan las preguntas y los dolores inmerecidos; los ojos acechantes de una lámpara sorda a cualquier hora de la noche para asegurarse de ahuyentar los «malos pensamientos» y las manchas en las sábanas. Los pecados eran públicos. Las ilusiones tuvieron que forjarse en el silencio para retenerlas sin tener que dar explicaciones. El pudor y el recato se las ingeniaron para escapar a esa vigilancia sin tregua y pertenecerse un poco. Conocí mi cuerpo al lado de mis hermanas dormidas. Leí mis poemas con una pequeña luz bajo la cama, escribí mis diarios durante las distracciones de mi carcelero y los escondía para impedir que las confesiones cruzaran el umbral de lo sagrado.
En la foto, mi abuela tiene el vientre ocupado. Me dijeron que no se casó hasta parir a mi padre.
Paso las yemas por la superficie del retrato, quiero palpar las cicatrices de la viruela que marcaban el rostro de mi abuela, quiero sentir el movimiento de la criatura que se refugia en el seno húmedo.
Mi padre llegaba errante y solo, ya entrada la noche, a esta casa ajena, donde sus hijos, arrodillados, debían besar la mano déspota que él les tendía «por respeto, cabrones». Los labios infantiles se posaban en ella mientras murmuraban: «Buenas noches, papá».
Una vez, aquella vez, mi hermano sintió la necesidad de amarlo y su garganta dijo «papi». La ira de mi padre se convirtió en un puño cerrado, aquí, junto a los ojos. La sangre brotó de inmediato. «Maricón, bueno para nada», las voces, la confusión, «perdón, papá», el castigo.
En la foto, mi abuelo es alto y canoso. Lleva un buen traje. Este es su tercer matrimonio. Sus manos rodean un tronco seco, sin hojas, y se tocan apenas con las de mi abuela. Ella tiene un mohín atormentado que heredó mi padre.
Pienso en mi madre sentada en una silla, a oscuras, los codos sobre la mesa, la cara entre sus manos, el llanto fluyendo sin pudor. «¿Por qué lloras?». Yo me sentaba en una silla a su lado y guardaba silencio, dejándola llorar como si estuviera sola: dolor y amor, aprendí, eran la misma cosa. Yo pensaba poco en mi futuro: un concepto lejano e incomprensible. Mi vida era un permanente estado de vigilia donde los problemas debían resolverse de inmediato. En cuanto a mi pasado, se convirtió en una presencia borrosa.
En esta foto, esta que tengo entre las manos, esta donde claramente veo que no me parezco a mi abuela. Ella es tosca, más fuerte, sus cabellos ondulados. Alcanzo a notar una decisión imprecisa que brilla en sus pupilas; se le nota un tedio que conocí en mi padre. Mi abuelo observa con temor a su mujer. Tiene la boca abierta, como haciendo un juramento. Ninguno de ellos —ni mi abuelo ni mi abuela— imaginó que su hijo, mi padre, padecería la desesperación imposible de enfrentarse a su destino.
Pongo el retrato en la mesa de noche. Apago la luz y me echo sobre la cama tendida. Las nubes entran por la ventana y el cuarto se convierte en una cueva húmeda.
Recorro la fotografía en mi mente, en la penumbra. Me imagino en el lugar de mi abuela; siento al niño moverse en mis entrañas. Va a parir de noche y abandonará a la criatura bajo el árbol seco. Ahí escuchó las promesas vacías de un hombre al que nunca amó.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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