Por Patricia Conde Juaristi
audio-thumbnail
Audiocolumna
0:00
/156.144

Fue el castigo por mover la manija blanca de porcelana que, al girarla, abrió una puerta. Vi las huellas pasadas de un sinfín de mujeres cuyos destinos ignoré.

Escuché el susurro tan suave como brisa, sentí el aletear de dos colibríes que se posaron en mis ojeras. No supe descifrar sus misterios. Entré para conocer las flores. No imaginé que el viento vendría conmigo. Me abrazó y derramó su frescura en mi piel. Besó mis labios y me penetró. Parí siete hijos suyos. Cada uno sollozó al nacer y en cada sollozo se fueron extinguiendo; se llevaron mi sangre y me dejaron un dolor multiplicado. Tras la puerta encontré una pradera centenaria que me ofreció sus aromas, me envolvió con el sutil encanto de sus mentiras. Caminé por una vereda andada. Noté la ausencia de hierbas, de piedras, de plagas en las hojas de aquellos laureles que daban cobijo en las tardes de lluvia, en las noches de invierno. Me senté bajo uno de ellos. Su tronco era liso y suave. Se inclinó para besarme las mejillas. Me entregó su amor en una gota de savia. El sol se puso tras las ramas y calentó mis sueños. Tejí las fantasías que se convirtieron en una suerte de vida que nubló el destino que me esperaba. Me dormí bajo el árbol días y noches y años y no sé cuánto tiempo hasta que pasaron siglos y un día alejó el sueño de mis ojos y miré el tronco, ahora viejo, seco. Las ramas se rompieron y la lluvia empapaba mis lágrimas. Busqué lo que me habían robado. Me quedé sola. 

¿Acaso me cambiaron los ojos mientras dormía? Me levanté por primera vez. Tapé mi cuerpo desnudo con una piedra que había crecido durante la noche. Inicié un camino hacia el poniente. Las espinas lastimaban mis plantas. Caí tantas veces que pensé en no volver a levantarme. Mi cuerpo herido no me obedecía. De mi garganta salieron murmullos, quejas lastimeras que no entendía. Entonces sentí la necesidad de hablar. Grité las palabras de mi desasosiego. El rumbo lo decidía el azar. Cayó la noche eterna de un gris oscuro que no permitía la belleza del negro absoluto. El aire era helado y maloliente. El lodo me obligaba a rescatar mis pies e iniciar la marcha hacia otro lado. Los recuerdos que me sostenían se cansaron de acompañarme. Se fueron quedando en los surcos del camino. Intenté abrazarlos, sin embargo, una vaga compasión me forzó a sepultarlos. Cesó el canto de los pájaros, las flores exhalaron suspiros pegajosos. Juntos nos convertimos en lamento. 


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


Mujeres al frente del debate, abriendo caminos hacia un diálogo más inclusivo y equitativo. Aquí, la diversidad de pensamiento y la representación equitativa en los distintos sectores, no son meros ideales; son el corazón de nuestra comunidad.