Por Patricia Conde Juaristi
Estaba sola como siempre, pero esa mañana la soledad pesaba distinto. Vino la vida, se burló de mí y siguió su carrera. Alguna vez corrí tras ella, pero me faltó el aire. Cada vez que lo intenté, me quedaba un sabor amargo en la boca, parecido a la savia de una flor. No sé decir si me pasó durante el sueño o en alguno de mis insomnios, sólo sé que esa mañana desperté distinta, y el mundo me resultaba ajeno.
No debería contarte nada. A lo mejor nada más voy a causarte espanto, y lo malo es que luego es muy difícil quitártelo de encima. Pero si no te lo cuento, me voy a morir reventada y los malos olores van a llegar muy lejos.