Por Ivabelle Arroyo
Cuando manejo mi moto, miro el pavimento muchísimo más de lo que quisiera. No por prudencia extraordinaria sino porque una mancha de aceite, un bache oculto por un charco, una junta metálica mojada o incluso esas rayas blancas pintadas con materiales que se vuelven pistas de patinaje pueden mandarme al suelo. Si llueve, de plano me detengo y espero porque el pavimento de la Ciudad de México es un campo minado.
En la entrega anterior conté que las motos se multiplicaron porque son baratas, rápidas y, para muchísima gente, una herramienta de trabajo. Ahora intento reflexionar sobre el entorno. La ciudad no cambió para recibir a las motos. Cientos de miles de motocicletas llegaron a calles diseñadas durante décadas para automóviles y ahora parecemos sorprendidos de que los motociclistas se maten.