Por Patricia Conde Juaristi

Sí. Estaba más delgado. Su rostro tenía la expresión anonadada del que espera y el color amarillento del descuido. Habían pasado quizá diez años desde aquella tarde en que me llevé el ruido de la puerta al cerrarla, esperando no volver a entrar jamás. Esa vez, la discusión fue más bien débil, sin gritos ni consistencia, pero lamentable, abundando en reproches incompletos por asfixiantes. Su mirada, poseída por el odio, olvidó los momentos entrañables y se perdió en la confusa arquitectura de un mundo desconocido, mientras mi pecho se quedaba vacío para conjurar la muerte. 

Cuando lo amé, su entusiasmo por la vida me contagiaba. Encontré las razones de mi propia existencia en la suya. La risa acudía con facilidad y el futuro era predecible y lejano. Abandonados a la fuerza de la inconsciencia, los días transcurrían uno a uno y los asimilabamos con asombro. 

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