Por Cynthia Dávalos
En el Día Internacional del Trabajo en México, como cada año, habrá marchas, discursos y proclamaciones oficiales sobre la defensa de los derechos laborales y los “récords históricos” en materia de empleo. Sin embargo, la realidad que viven millones de mexicanos dista mucho de ese relato optimista que se repetirá desde las tribunas.
Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del Inegi, durante el primer trimestre de 2026 se perdieron 227 mil empleos en la población ocupada total. Se trata de la primera caída trimestral desde 2022.
En el terreno del empleo formal, la señal es igual de preocupante: más de 230 mil 119 plazas se esfumaron en ese mismo periodo, la peor cifra para un primer trimestre desde la crisis de 2009.
Aunque estas cifras no son directamente comparables (la ENOE mide la ocupación total y el IMSS el empleo formal registrado), ambas apuntan en la misma dirección: el mercado laboral muestra señales de debilitamiento.
Aun así, el discurso oficial insiste en destacar que en marzo de 2026 se crearon 32 mil 930 puestos de trabajo, que en lo que va del año suman 207 mil 604, y que en los últimos 12 meses se alcanzan 259 mil 570 nuevos empleos, con más de 22.7 millones de trabajadores asegurados.
El problema no es el dato en sí, sino la narrativa que lo rodea. Comparaciones anuales convenientes pueden ocultar lo que realmente está ocurriendo: en el corto plazo, el empleo retrocede y su calidad se deteriora.
Las mujeres son las más afectadas. En estos tres meses perdieron 189 mil 848 empleos formales, un retroceso que evidencia brechas persistentes en el acceso y permanencia en el mercado laboral.
Tampoco se salva el tejido empresarial. Más de 9 mil patrones desaparecieron del registro del IMSS, reflejo de pequeñas y medianas empresas que simplemente ya no resistieron. Detrás de ese número hay negocios que cerraron y familias que perdieron su principal fuente de ingreso.
Este es el dato más incómodo: la informalidad sigue estancada por encima del 54%, convirtiéndose en el refugio obligado para quienes no encuentran un empleo formal con prestaciones. Porque no se trata solo de “estar ocupado”. Un empleo de calidad implica seguridad social, un salario digno, estabilidad y posibilidades reales de crecimiento. Lo que estamos viendo, en muchos casos, es apenas supervivencia económica.
El tan anunciado nearshoring, presentado como la gran oportunidad laboral de esta década, parece tardar más de lo previsto en traducirse en empleos formales y bien pagados. La economía avanza a paso lento, la inversión privada no termina de despegar y el consumo de las familias comienza a enfriarse. En ese contexto, hablar de “récords históricos” suena más a propaganda que a un diagnóstico honesto.
Hoy no basta con salir a marchar. El Día del Trabajo debería ser una oportunidad para exigir una conversación seria sobre la calidad del empleo que se está generando en México.
¿De qué sirve presumir cifras totales si, al mismo tiempo, se precariza el trabajo, se cierran negocios y retroceden sectores enteros de la población, especialmente las mujeres?
Los mexicanos merecemos algo más que números maquillados. Merecemos empleos estables, con prestaciones y que permitan vivir con dignidad, no solo sobrevivir.
Este 1 de mayo de 2026, mientras resuenan los discursos, la realidad del mercado laboral mexicano exige algo distinto: menos celebración vacía y más atención urgente a la calidad del empleo. Porque celebrar el trabajo no puede reducirse a contar cabezas. Debe medirse por la dignidad y las oportunidades que realmente ofrece.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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