Por Dayana Aronovich*
Durante semanas hicimos algo que pocas cosas consiguen: detener la rutina. Cambiamos horarios de comida, desvelamos el despertador, llenamos la sala de amigos, supersticiones y botanas. Medimos el tiempo entre un saque de esquina y otro viaje al refrigerador. Y, por un instante, parecía que el país entero respiraba al ritmo de un balón.
México quedó fuera del Mundial. El sueño terminó antes de lo que todos queríamos, pero el orgullo permaneció. Porque, aunque el marcador no acompañó, esta Selección volvió a demostrar que el fútbol tiene la capacidad de unir a millones de personas bajo una misma emoción.
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