Por Diana Murrieta*
En México tenemos una extraña manera de celebrar a las madres: les damos flores mientras les aumentamos la carga; las reconocemos, pero invisibilizamos su trabajo.
Esta semana, la Secretaría de Educación Pública abrió una discusión que evidenció, una vez más, qué tan poco entendemos los cuidados en este país. Todo comenzó cuando el secretario Mario Delgado anunció la posibilidad de adelantar el fin del ciclo escolar al 5 de junio, argumentando temas relacionados con las altas temperaturas y la logística del Mundial de Futbol 2026. Después vinieron las aclaraciones, los cambios de postura y el ya famoso “lo checamos el lunes”. Pero, entre declaraciones contradictorias y ajustes improvisados, hubo algo que quedó completamente fuera de la conversación pública: ¿quién va a cuidar a millones de niñas y niños si las clases terminan antes?
Porque, aunque el debate se presentó como un tema administrativo o educativo, la realidad es que las consecuencias recaen directamente sobre las familias. Y dentro de esas familias, principalmente sobre las mujeres.
Siempre sobre las mujeres.
La reacción social no tardó en aparecer. Madres y padres de familia comenzaron a señalar las complicaciones laborales, económicas y de organización que implicaría adelantar el cierre de las escuelas. Para muchas familias, la escuela no solo es un espacio educativo; también representa una estructura cotidiana que permite que madres y padres puedan trabajar. Pero, en un país donde los cuidados siguen estando profundamente feminizados, cuando las instituciones dejan vacíos, alguien tiene que absorberlos. Y casi siempre son las madres.
El problema no es únicamente el posible recorte de clases. El problema es la lógica detrás de la decisión: la idea de que el tiempo de las mujeres está permanentemente disponible y que cualquier ajuste institucional puede trasladarse automáticamente a los hogares sin considerar el impacto que esto tiene sobre quienes sostienen la vida cotidiana. Porque cuidar sigue siendo un trabajo invisibilizado y profundamente desigual en su distribución.
En México, las mujeres dedican en promedio casi 39 horas semanales al trabajo de cuidados no remunerado. Los hombres, alrededor de 30. Pero cuando hablamos de cuidados directos —como atender, supervisar o acompañar a niñas y niños— las cifras muestran una desigualdad mucho más profunda. Más del 90% de las tareas de cuidado infantil recaen principalmente sobre mujeres. Es decir, el Estado sabe perfectamente quién absorberá las consecuencias de decisiones improvisadas o poco planificadas: las madres.
Y quizá eso es lo más preocupante de toda esta discusión: que seguimos tratando el trabajo de cuidados como si fuera un recurso infinito y gratuito. Como si las madres pudieran reorganizar su vida laboral de un día para otro sin consecuencias económicas o emocionales. Como si todas las mujeres tuvieran redes de apoyo disponibles. Como si no existieran madres autónomas que pierden ingresos cuando dejan de trabajar un día. Como si las mujeres no estuvieran ya agotadas de sostener jornadas dobles y triples entre el trabajo remunerado, el hogar, la crianza y el acompañamiento emocional de toda la familia.
Resulta profundamente simbólico que todo esto ocurra precisamente alrededor del Día de las Madres. Porque en México nos encanta romantizar la maternidad mientras evitamos hablar de las condiciones reales en las que las mujeres maternan. Hacemos festivales escolares, llenamos redes sociales de mensajes emotivos y repetimos discursos sobre “las reinas del hogar”, pero seguimos sin construir políticas públicas suficientes para redistribuir el cuidado y garantizar condiciones dignas para quienes sostienen diariamente la vida.
Nos encanta reconocer “el sacrificio” de las madres, pero rara vez cuestionamos por qué el sistema entero sigue funcionando gracias al trabajo no remunerado de millones de mujeres. Un trabajo que no descansa, que no se paga, que no se reconoce y que, sin embargo, sostiene la economía, las familias y las dinámicas sociales completas. La consecuencia de esto es brutal: mujeres que abandonan empleos para cuidar, madres que reducen sus ingresos, profesionistas que frenan proyectos personales, mujeres agotadas física y emocionalmente por intentar cumplir con expectativas imposibles mientras el Estado continúa actuando como si el cuidado fuera un asunto privado y femenino.
México sigue teniendo una deuda enorme en materia de cuidados. Aunque el derecho al cuidado ha comenzado a reconocerse legalmente y cada vez se habla más de la necesidad de construir un Sistema Nacional de Cuidados, la realidad es que seguimos lejos de contar con infraestructura suficiente, escuelas con horarios compatibles con las jornadas laborales, estancias accesibles, licencias equitativas y políticas públicas que entiendan que cuidar no es una responsabilidad individual de las mujeres, sino una necesidad colectiva que debe ser sostenida de manera corresponsable entre el Estado, las empresas, las comunidades y las familias.
Por eso resulta tan irónico presentar menos clases como una especie de “regalo” para las madres. Porque, para muchas mujeres, eso no significa descanso, convivencia o tiempo libre. Significa más trabajo, más organización, más estrés y más presión. Significa volver a resolver lo que las instituciones no previeron. Significa confirmar, una vez más, que el sistema sigue asumiendo que las mujeres estarán ahí para cubrir cualquier vacío, sin importar el costo emocional, económico o físico que eso implique.
Tal vez el verdadero regalo del Día de las Madres no sería reducir clases ni hacer festivales escolares. Tal vez el verdadero regalo sería construir un país donde las mujeres puedan maternar sin agotamiento permanente, donde el cuidado deje de ser invisible y donde las políticas públicas entiendan que sostener la vida no puede seguir dependiendo exclusivamente del tiempo, la energía y el sacrificio silencioso de millones de mujeres.
*Diana Murrieta es presidenta y fundadora de Nosotras para Ellas, A.C., conferencista y consultora especializada en violencia de género y feminismo. Ha impulsado iniciativas legislativas para la protección de las mujeres y ha representado a México en distintos foros internacionales sobre igualdad de género y derechos humanos.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

Comments ()