Por Mónica Hernández

¿Qué viene a la mente cuando se lee un título que dice “viejo rabo verde”? Confieso que pensé en un invitado a casa de mis padres, cuando yo tenía unos quince años. Cuando me hicieron saludarlo, como se hacía con las visitas para tener unos minutos de cortesía, el c-ñoro debió hacer algún comentario que yo no escuché, pero que identifiqué en la cara de limón agrio de mi padre querido. El comentario siguiente que lanzó el ilustre caballero fue un despropósito: a los gatos viejos les gustan los ratones jóvenes. No recuerdo que lo volvieran a invitar a casa. 

Este recuerdo, que parece estúpido, llegó a mi mente releyendo unas columnas de Cristina Peri Rossi, una de mis escritora favoritas. En El silencio del cuerpo de la mujer, la escritora uruguaya exiliada en mi segundo hogar que es la ciudad de Barcelona denunció la doble moral patriarcal imperante en el mundo, vigente entonces y vigente hoy. Este artículo es para que la vigencia se acorte y pronto desaparezca. Si bien el cuerpo de las mujeres se exalta, se “adora”, se exhibe, se ensalza y se idolatra en videos, fotografías y multitud de imágenes, es cierto que se desprecia su funcionamiento, su razón de ser. El conocimiento que se tiene sobre la menstruación, sobre la lactancia, la menopausia y también sobre los padecimientos exclusivamente femeninos, como la endometriosis sigue siendo área de mejora, por decirlo de manera elegante. Ni tan siquiera los infartos femeninos se estudian como los masculinos (y por ello la tasa de fallecimiento por infarto de las mujeres multiplica por muchos dígitos el de los hombres). Y es este doble rasero el que me ocupa, al leer una noticia que pasará probablemente desapercibida -o no- en los próximos días.

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