Por Sandra Romandía
Hay fechas que en México dejaron de ser celebración para convertirse en espejo; el 10 de mayo es una de ellas.
Hace unos años acompañé una búsqueda de personas desaparecidas. El sol era brutal; de ese tipo de calor que vuelve espeso el aire y hace que la tierra huela distinto. Recuerdo el sonido más que las imágenes: el golpe metálico de las varillas entrando al suelo, el roce de las palas, el silencio extraño que aparece cuando alguien dice “positivo”, esa palabra que en México puede significar restos humanos bajo la tierra. Ahí entendí algo incómodo: en este país hay mujeres que aprendieron a leer el suelo porque el Estado dejó de leer las ausencias.
Ayer, en Opinión 51, decidimos publicar un especial del Día de las Madres escrito por madres buscadoras. No fue un gesto editorial oportunista ni una concesión sentimental para la fecha; fue, en realidad, una decisión inevitable.
En Opinión 51 solemos lanzar ediciones especiales cuando un tema atraviesa la conversación pública o cuando una emergencia exige detener el ritmo habitual para mirar de frente algo que el país intenta normalizar; y pocas emergencias son tan profundas como la crisis de desapariciones en México.
Porque mientras las campañas comerciales llenaban las redes de flores, perfumes y desayunos familiares, miles de mujeres amanecieron viendo una silla vacía; otras, preparando mochilas para salir al monte con picos, palas, guantes y agua embotellada. No celebran: buscan.
Por eso quisimos que ellas tomaran la palabra directamente; no periodistas interpretándolas, no académicos hablando sobre ellas. Ellas.
Indira Navarro, María Isabel Cruz Bernal, Lucía Díaz Genao, Norma Angélica Hernández y Verónica Rosas escribieron desde ese territorio donde la maternidad deja de parecerse a las postales y empieza a parecerse a una resistencia civil.
Y la respuesta de nuestras audiencias confirmó que era necesario hacerlo. La edición especial tuvo miles de lecturas, mensajes, reacciones y comentarios de personas profundamente conmovidas por las historias. Porque detrás de cada desaparecido no hay únicamente una carpeta de investigación: hay familias suspendidas en una espera infinita.
Conocí a Indira Navarro en medio de esa geografía del horror que después relaté en mi libro Testigos del horror. La vi moverse entre cámaras de televisión y terrenos baldíos con la misma precisión. En entrevistas aparece impecable, articulada, serena; en el campo lleva sombrero, guantes, lentes oscuros y una varilla hueca con la que detecta fosas clandestinas. Aprendió a hacerlo buscando a su hermano desaparecido. Como tantas otras, se especializó en rastreo, criminalística y leyes no porque quisiera, sino porque México obligó a miles de mujeres a doctorarse en supervivencia institucional.
Eso son hoy las madres buscadoras: peritos sin sueldo, investigadoras sin protección suficiente, excavadoras humanas de un país que decidió acostumbrarse demasiado rápido a los desaparecidos. Quizá porque las cifras ya dejaron de conmover y necesitamos volver a ponerles rostro. México acumula una crisis de desapariciones tan profunda que organismos internacionales han comenzado a elevar el tono. Apenas hace unas semanas, el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU pidió analizar la situación mexicana bajo mecanismos internacionales excepcionales; mientras organizaciones civiles exhortaron al gobierno mexicano a aceptar ayuda internacional frente a la dimensión del problema. La ONU-DH, además, reconoció públicamente el trabajo de las madres buscadoras y alertó sobre la gravedad de la crisis.
Y tiene sentido; en México, muchas veces ellas encuentran más personas desaparecidas —o sus restos— que el propio gobierno y sus instituciones.
La tragedia es tan vasta que ningún especial periodístico será suficiente; ninguna portada, ninguna marcha, ningún discurso presidencial. Pero precisamente por eso el silencio sería todavía más obsceno.
A veces me preguntan por qué seguir escribiendo sobre desapariciones, fosas o reclutamiento forzado. La respuesta suele aparecer en escenas pequeñas: una madre identificando una chamarra en un Facebook Live; otra oliendo tierra removida porque aprendió que la descomposición tiene un aroma específico; otra más memorizando artículos legales porque la fiscalía no le informa nada.
México convirtió a sus madres en arqueólogas del espanto.
Y por eso ayer, mientras medio país subía fotografías familiares con flores y mariachis, nosotras decidimos publicar otra cosa: testimonios de mujeres que aman tanto a sus hijos, hermanos o hijas que están dispuestas a abrir las puertas del infierno con una pala si es necesario.
No hay suficientes canales para contar esa historia; no hay suficientes especiales, no hay suficientes palabras.
Pero mientras exista una madre buscando, el periodismo todavía tiene una obligación elemental: no apartar la mirada.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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