Por Edelmira Cárdenas
Hay algo curioso en la manera en que nuestra sociedad mira a las mujeres cuando llegan a la menopausia. Durante años nos dicen cómo vestirnos, cómo cuidar nuestro cuerpo y cómo resultar atractivas. Pero cuando cumplimos cierta edad, pareciera que alguien decide que ya hemos cumplido nuestra cuota de sensualidad y que es momento de bajar la cortina.
¡Qué ocurrencia! Como si el deseo femenino tuviera fecha de caducidad, como si las ganas de besar, acariciar, fantasear y disfrutar dependieran del calendario. Es vivir la sexualidad, cuerpo y placer en una etapa que merece vivirse sin vergüenza.
La menopausia sigue rodeada de silencios y prejuicios. Se habla de los bochornos, de las hormonas y de los cambios físicos, pero mucho menos de lo que sucede en la intimidad. Como si dejar atrás la etapa reproductiva significara también despedirse de la vida erótica.
Y no. La menopausia no nos retira del juego; lo que necesitamos retirar son las ideas que nos enseñaron a sentir vergüenza de nuestro cuerpo. Un cuerpo que cambia no es un cuerpo que deja de valer.
La menopausia puede traer dificultades para dormir, cambios en el estado de ánimo, menor lubricación vaginal, molestias durante las relaciones sexuales y variaciones en el deseo. Cada mujer la vive de manera distinta: algunas apenas perciben cambios, mientras que otras experimentan síntomas que afectan su bienestar y su intimidad.
El problema comienza cuando, además de enfrentar estos cambios, una mujer siente que debe hacerlo en silencio.
¿Cuántas han pensado que el dolor durante la penetración es algo que toca aguantar? ¿Cuántas han dejado de buscar encuentros sexuales porque temen no excitarse como antes? ¿Cuántas miran su cuerpo con extrañeza y se preguntan si todavía pueden sentirse atractivas?
Como sexóloga, quiero decirlo con claridad: ninguna mujer tiene que resignarse a una sexualidad dolorosa o insatisfactoria por el simple hecho de haber llegado a la menopausia.
La sequedad vaginal, por ejemplo, puede tratarse con lubricantes, hidratantes vaginales y, cuando está indicado, tratamientos médicos específicos. Si existe dolor persistente o una disminución del deseo que genera malestar, conviene buscar orientación profesional. No todo se resuelve con una actitud positiva; a veces necesitamos una evaluación médica, terapia sexual o acompañamiento psicológico.
Aceptar que el cuerpo cambia no significa renunciar a disfrutarlo. Significa aprender a escuchar sus necesidades sin castigarlo por no responder como antes.
¿Quién decidió que las mujeres maduras deben dejar de ser sexys? Hemos crecido rodeadas de imágenes que relacionan la sensualidad con la juventud: piel sin arrugas, cuerpos de determinadas formas y una apariencia que parece desconocer el paso del tiempo.
Después cumplimos años y, de pronto, pareciera que tenemos que esforzarnos el doble para sentirnos atractivas. Como si las canas, las arrugas o los cambios en la silueta fueran una multa por seguir viviendo.
Pero ¿desde cuándo la sensualidad tiene una sola talla, una sola edad o una única apariencia?
La sexualidad no desaparece porque una mujer deje de menstruar. Algunas descubren una etapa de mayor comodidad consigo mismas; otras necesitan atender dificultades físicas o emocionales; muchas experimentan una mezcla de ambas cosas. También hay mujeres que prefieren una vida sexual menos activa o que no desean mantener relaciones sexuales. Todas esas experiencias merecen respeto.
No necesitamos demostrar que seguimos siendo jóvenes para sentirnos atractivas, ni tener pareja para validar nuestra feminidad. Tampoco estamos obligadas a mostrarnos permanentemente seductoras.
La madurez no debería convertirse en una prueba de rendimiento: ni hay que demostrar que seguimos siendo irresistibles ni pedir disculpas por haber cambiado.
El sexo no es un examen que tengamos que aprobar. Para algunas mujeres, esta etapa trae preguntas que nunca antes se habían hecho: ¿por qué tardo más en excitarme?, ¿por qué necesito más estimulación?, ¿por qué ya no siento lo mismo?
Y, a veces, aparece una preocupación todavía más dolorosa: «¿Estaré decepcionando a mi pareja? Detengámonos un momento. La sexualidad no es un examen que debamos aprobar para conservar una relación. No tenemos que fingir orgasmos, soportar molestias ni cumplir con una cuota de encuentros para demostrar que somos buenas amantes.
Quizá necesitamos más tiempo, más caricias, otras formas de estimulación o encuentros en los que la penetración no sea la protagonista. Tal vez queremos explorar fantasías, recuperar la masturbación o descubrir qué nos produce placer en esta etapa.
El placer no depende exclusivamente de los genitales. También está relacionado con la confianza, la comodidad, la comunicación y la posibilidad de expresar lo que nos gusta sin temor a ser juzgadas.
El buen sexo no consiste en hacer lo que se supone que debemos hacer, sino en descubrir lo que realmente disfrutamos. Y si algo duele, merece atención. Ninguna mujer tiene que soportar dolor para demostrar amor ni convertir el sufrimiento en una prueba de compromiso.
Durante buena parte de la vida, muchas mujeres han estado ocupadas sosteniendo a los demás: criando hijos, trabajando, cuidando familiares y tratando de cumplir con las expectativas de todo el mundo. Cuando llega la menopausia quizá aparece una pregunta que habíamos pospuesto demasiado tiempo: ¿y ahora qué quiero yo?
La respuesta no siempre llega de inmediato. A veces hace falta recuperar espacios propios, conversar con la pareja, revisar creencias aprendidas o aprender a poner límites. En otras ocasiones, necesitamos simplemente dejar de evaluar nuestro cuerpo como si fuera un proyecto que nunca termina de estar listo.
Podemos seguir siendo coquetas, experimentar con nuestra imagen, comprar lencería, bailar, fantasear o disfrutar de estar cómodas en nuestra piel. Y también podemos no hacer nada de eso. No necesitamos convertirnos en supermujeres de la madurez, obligadas a reinventarse, verse espectaculares y demostrarle al mundo que están mejor que nunca. Podemos tener días de entusiasmo y días de cansancio, sentir curiosidad o preferir descansar.
La menopausia no tiene que convertirse en otra lista de obligaciones. Puede ser una oportunidad para revisar qué nos hace bien, qué necesitamos atender y qué queremos conservar en nuestra vida.
La conversación que todavía nos debemos. Hablar de menopausia y sexualidad no es un capricho. Es reconocer que la salud sexual forma parte del bienestar y merece atención a cualquier edad.
Necesitamos parejas capaces de escuchar sin presionar y profesionales de la salud dispuestos a preguntar sin incomodidad. También necesitamos dejar de tratar la sequedad vaginal, el dolor o los cambios en la excitación como asuntos que una mujer debe resolver a solas.
No todas vivirán esta etapa de la misma manera, y ninguna experiencia debe utilizarse para juzgar a las demás. Algunas mujeres necesitarán tratamiento; otras, información, acompañamiento o nuevas formas de relacionarse con su cuerpo. Lo importante es que puedan encontrar respuestas sin vergüenza ni resignación.
Como sexóloga, quiero que dejemos de medir la sexualidad femenina con reglas que nunca tomaron en cuenta nuestra diversidad, nuestros tiempos ni nuestras necesidades.
Porque podemos tener canas y fantasías, arrugas y ganas de arreglarnos, cambios hormonales y curiosidad. Podemos necesitar un lubricante y disfrutar muchísimo. Podemos tener pareja, estar solas, querer sexo o no quererlo.
La menopausia puede cambiar nuestra experiencia sexual, pero no determina nuestro valor ni dicta cómo debemos vivir la intimidad. No somos productos que pierden valor cuando dejan de reproducirse. No necesitamos conservar una apariencia juvenil para merecer caricias ni justificar nuestras decisiones íntimas.
Y si alguien insiste en que a cierta edad ya deberíamos olvidarnos del sexo, quizá ha llegado el momento de responderle con una sonrisa:
Gracias por la preocupación, pero mi vida íntima no necesita jubilación. Necesita salud, información, respeto y, cuando se pueda, ¡un poquito de diversión!
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.
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