Por Edmée Pardo
Las uñas se leen, como casi todo. Un detalle, dijeran algunos, pero que, desde lo biológico, pasando por lo estético, lo psicológico y hasta lo metafísico, ofrecen historias en las puntas de los dedos. Las uñas están llenas de indicadores y mensajes que pueden descifrar los que dominan ese lenguaje. Lo pienso ahora que por primera vez en mi vida me hacen un manicure seco, yo que casi nunca me las esmalto, que muy poco me las arreglo.
Las uñas crecen en la matriz ungueal, una zona escondida bajo la piel en la base de la uña. Ahí se multiplican las células llamadas queratinocitos que se llenan de queratina. A medida que se producen nuevas células, pues las uñas se crean constantemente, estas empujan a las anteriores hacia adelante. En ese viaje, las células mueren, se endurecen y forman la uña. Su forma y crecimiento están relacionados con la nutrición y la circulación sanguínea, por lo que son un indicador de salud. Cuando el personal médico nos pide que les mostremos las manos están tratando de leer las uñas. Las rayas verticales en la uña son lo que las arrugas a la cara: aparecen con la edad y reflejan deshidratación y fragilidad. Las rayas horizontales (líneas de Beau) indican que el crecimiento se pausó por alguna enfermedad o estrés severo. Las líneas blancas horizontales (líneas de Mees) se asocian principalmente con envenenamiento por metales pesados como el arsénico o el talio, aunque también pueden aparecer ante otras condiciones sistémicas graves. Los puntos blancos (leuconiquia) están relacionados con golpes en la falange superior del dedo, aunque común y erróneamente se cree que se deben a falta de calcio. Si la uña tiene manchas amarillas puede ser hongos o exceso de esmalte; si están azules es falta de oxigenación.
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