Por Renata Roa
Hace algunos años, en medio de una conferencia que yo misma estaba dando, escuché una voz dentro de mi cabeza que decía: "¿Y si en realidad no sabes de lo que estás hablando?" Doscientas personas frente a mí, y no cualquier audiencia: doctores, de esos que te imponen y te dejan en insomnio un día antes. Yo en el escenario, parada frente a ese inquisitivo público, y la voz —esa Fernanda perrucha, porque así la bauticé— muy cómoda, instalada justo como apuntador, pero que retumbaba como una sensación temblorosa, vacía e incómoda, casi anidada entre la garganta y el estómago.
No era la primera vez. Y apuesto a que tú también la conoces. Quizás la tuya dice cosas distintas: "no eres suficiente", "ya lo eché a perder", "¿quién soy yo para esto?", pero el fraseo es el mismo. Insistente, perturbador y con una credibilidad que no se ganó. La pregunta que tardé años en hacerme fue la más obvia: ¿por qué le creemos tanto a esa voz si casi nunca tiene razón?
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