Por Edmée Pardo
Lo escuché decir a un compañero de viaje y casi me voy de espaldas. No solo no se me había ocurrido, de plano ignoraba que el ecosistema se lee, cosa que —según me contó— practica con sus hijos cada vez que sale a carretera y les pide que nombren lo que ven para empezar la lectura del lugar que transitan.
Le pedí, casi lo obligué, a una clase particular para entender de qué trata el arte que maneja. El hombre tiene formación de ecólogo, espíritu didáctico y una inteligencia divertida tras un par de ojos tupidos de pestañas encimadas.
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