Por Edmée Pardo

Hay personas a las que un libro les cambia la vida; a otras, una ceja, comentamos una amiga y yo, evidentemente criticando las cejas de alguien que se puso un bigote arqueado sobre los ojos con una seguridad inentendible sobre sí misma. Escribe sobre eso, me incita. Acepto el reto: veo fotos, averiguo, miro las mías con espejo de aumento: dos pequeñas franjas de pelo que modifican un rostro entero. Basta adelgazar unos milímetros el arco o prolongar la cola para que alguien parezca más joven, más severo, más sorprendida o cansada. 

Las cejas tienen una función biológica: ayudan a desviar el sudor, la lluvia y los rayos solares para proteger los ojos. En el lenguaje corporal funcionan como signos de puntuación. Basta levantar una ceja o juntarlas para expresar ironía, duda, sorpresa o complicidad. Antes de hablar ya hemos dicho algo con ellas.

Primero eran delgadas como una línea, recuerdo a mi tía Bettine dibujarlas con un lápiz que humedecía con la lengua, ritual que admiraba con ojos de niña. Mucho después, las cejas se arquearon hasta parecer un signo de interrogación permanente. Luego llegaron las cejas tatuadas, las micropigmentadas, las laminadas, las peinadas hacia arriba con la precisión de un jardín japonés. Hoy se usan gruesas y negras, a veces demasiado. Lo ideal son las naturales, dicen los expertos, pero cuidadosamente diseñadas para parecer que nadie intervino.

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