Por María Emilia Molina de la Puente*
Hay decisiones públicas que retratan con precisión la forma en que un gobierno entiende el poder. La de pintar vialidades y distintos espacios urbanos de color lila en la Ciudad de México es una de ellas.
Porque detrás de algo que podría parecer anecdótico o incluso irrelevante, en realidad se concentran varios problemas realmente preocupantes: el desprecio por las normas técnicas, la banalización de la seguridad vial, el uso propagandístico del espacio público, la opacidad en el gasto y una idea peligrosamente superficial de lo que significa gobernar con perspectiva de género.
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