Por María Emilia Molina de la Puente*
Murió Marjane Satrapi. Y con ella se va una de esas voces que lograron algo extraordinario en tiempos donde todo parece inmediato, superficial y fugaz: hacer que el mundo mirara de frente la vida de las mujeres dentro de un régimen autoritario.
Muchos conocieron a Satrapi por Persépolis, esa novela gráfica autobiográfica que narró su infancia y juventud en Irán después de la Revolución Islámica. Pero reducirla a una autora exitosa sería injusto. Satrapi fue mucho más que eso. Fue una mujer que entendió que contar historias también es una forma de resistencia política y que el arte puede convertirse en un espacio incómodo para el poder.
Quizá por eso incomodó tanto.
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