Por Farah Ayanegui*
“Me prometí no vivir corriendo como mi mamá y a veces soy ella. Desde ahí, cumplir años ya no me confronta con la edad, sino con la mujer que elijo ser”.
Cuando era niña, arriba de los 45 se veían como el inicio de la vejez. Una edad en la que el cuerpo empezaba a apagarse, la energía bajaba y la vida se volvía monótona.
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