Por Gabriela de la Riva

Hace unos días, en una sesión de terapia, encontré el lugar exacto donde habitan mis primeros recuerdos.

En la Ciudad de Guatemala.

Una casa que, en mi memoria, era enorme, pero que años después —cuando decidí volver a verla— descubrí que era apenas una casita pequeña. Ahí estaba también el patiecito de luz donde yo jugaba y conversaba con Amable, mi amiga imaginaria: una niña de mi estatura, con trencitas cortas, overol de mezclilla, alegre, lista, solidaria… y paciente. Muy paciente.

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