Por Georgina de la Fuente
Las democracias viven del debate y del disenso. Se revitalizan con el contraste saludable de ideas y con la posibilidad de cuestionar el status quo y las decisiones del poder. La libertad de expresión —sagrada en una democracia— protege precisamente ese espacio en el que conviven opiniones diversas, críticas duras y posturas incómodas. Pero reconocer el valor del debate no significa renunciar a examinar las condiciones en las que este ocurre.
En días recientes, algunos llamados influencers y figuras públicas han buscado resucitar una vieja discusión: restringir el derecho al voto con base en criterios como el conocimiento, el género o la contribución fiscal de las personas. No es la primera vez que aparecen propuestas de esta naturaleza ni será la última. Sin embargo, vale la pena reflexionar sobre el contexto que revela por qué hoy logran ocupar una parte de la conversación pública.
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