Por Graciela Rock
Primero, una confesión. Cuando alguna conversación con mi padre se vuelve demasiado tensa, recurro a hablarle de sus nietas para suavizar el ambiente y recordarnos, aunque quizá más a mi que a él, que lo importante está ahí, con ellas. Él me enseñó eso muy temprano en mi vida y me lo recordó muchas veces: lo importante está en la familia, en la gente a la que amamos; nunca en lo de afuera, en el oropel del reconocimiento público ni en el acceso a espacios y personas que pocas veces vienen con afecto genuino.
Desde siempre mi padre fue para mí el mundo, un mundo que él me mostraba enviándome cartas o pequeños regalos que compraba durante sus viajes de trabajo y dejaba sobre mi cama para que los encontrara al volver de la escuela, estudiando conmigo los mapas de México y las monografías de presidentes de los que yo nunca recordaba los nombres mientras él los sabía de memoria con infinidad de detalles. El conocimiento de mi padre me parecía enciclopédico, y compartirlo conmigo es parte de su querer. El regalo que siempre me hizo fue el de la curiosidad, el hambre por saber.
Él era siempre, para mí, la voz más informada, la más rigurosa; mis primeros triunfos personales fueron explicarle o contarle algo que él no supiera y reconocer en su mirada un poquito de la sorpresa y admiración que yo le guardaba.
Ahora vivo a nueve mil kilómetros de distancia y unos siete husos horarios de distancia, así que es más difícil llamarle para preguntarle cuál es la mejor ruta para llegar a mi destino -vial y simbólico- o pedirle consejo sobre cómo lidiar con algún problema laboral. Parece que han pasado mil años desde que me explicaba cómo reconocer el río Usumacinta en el examen de geografía. Y otros tantos desde que me esperaba despierto hasta que volviera de aquellas fiestas en las que él hubiera preferido que no estuviera y al día siguiente me perdonaba haber apagado el celular.