Por Graciela Rojas
Hay premios que reconocen un resultado. Y hay otros que nos obligan a mirar todo lo que tuvo que suceder para llegar hasta él.
Pienso en una maestra que observa una pregunta de sus estudiantes y decide no responderla de inmediato, sino convertirla en un proyecto. En un profesor que encuentra la manera de relacionar las matemáticas con un problema de su comunidad. En un grupo que prueba, se equivoca, vuelve a intentar y descubre que aprender también significa experimentar, crear y hacerse nuevas preguntas.
Ahí es donde comienza la educación STEM.
No necesariamente en un laboratorio sofisticado, frente a una computadora de última generación o construyendo un robot. Comienza cuando una o un docente decide transformar la curiosidad en aprendizaje y demuestra a sus estudiantes que la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas no son conocimientos aislados: son herramientas para comprender y transformar el mundo.
Por eso, cuando hablamos de reconocer proyectos STEM, en realidad hablamos de algo mucho más profundo: del compromiso docente que hace posible que niñas, niños y jóvenes descubran de lo que son capaces.
Esa es la convicción que está detrás del Premio STEM: reconocer a quienes todos los días hacen posible que niñas, niños y jóvenes descubran que pueden preguntar, experimentar, crear y transformar su entorno.
Estamos muy cerca de vivir México STEM Week, una semana en la que pondremos sobre la mesa el talento que existe en nuestro país y la importancia de seguir construyendo una cultura STEM para todas y todos.
Y será precisamente en este marco donde, a través de este premio, reconoceremos a docentes de preescolar, primaria, secundaria y media superior que decidieron llevar esa convicción a la práctica junto con sus estudiantes.
Porque hablar de talento STEM sin hablar de docentes sería contar solamente la mitad de la historia.
Las vocaciones no aparecen espontáneamente. Se construyen a partir de experiencias, referentes y oportunidades. A veces comienzan con una pregunta inesperada en medio de una clase. Con un experimento que salió mal. Con un problema de la comunidad que alguien decidió convertir en una oportunidad para aprender. O con una maestra o un maestro que supo decir: “No sé la respuesta, pero podemos descubrirla”.
Eso es justamente lo que vale la pena reconocer.
El Premio STEM busca poner los reflectores sobre esas experiencias que muchas veces suceden lejos de ellos. Sobre docentes que conectan lo que se aprende en el aula con lo que ocurre fuera de ella; que encuentran maneras de despertar la curiosidad y que ayudan a sus estudiantes a comprender una idea fundamental: STEM está en todos lados.
Está en cómo cuidamos el agua, producimos nuestros alimentos o utilizamos la energía. Está en nuestra salud, en la movilidad, en el medio ambiente y en las soluciones que tendremos que construir frente a desafíos que todavía ni siquiera conocemos.
Pero también está en algo mucho más cotidiano: en aprender a observar, hacerse preguntas, probar una idea, equivocarse y volver a intentarlo.
Por eso me gusta pensar que este premio no busca únicamente reconocer buenos proyectos. Busca reconocer una forma de enseñar y, sobre todo, una forma de acompañar.
Al final, reconocer estas experiencias también es una forma de reconocer lo que queremos multiplicar: aulas donde la curiosidad tenga espacio, donde hacerse preguntas sea tan importante como encontrar respuestas y donde cada estudiante pueda descubrir que también tiene un lugar en STEM.
Los premios importan, por supuesto. Visibilizan, inspiran y nos recuerdan aquello que vale la pena celebrar. Sin embargo, su mayor valor está en lo que representan.
El Premio STEM reconocerá proyectos, pero quizá el verdadero premio sea contar con docentes comprometidos con transformar, desde hoy, las posibilidades de sus estudiantes.

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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