Estocolmo.

Estamos al borde de la bancarrota hídrica y, cuando escribo “estamos”, no me refiero a la CDMX o al país: el mundo entero está metido en serios problemas. El término “bancarrota hídrica” lo acuñó Kaveh Madani en el informe presentado en enero de este año para la ONU.

¿Qué quiere decir la bancarrota? Que ya estamos más allá de todas esas advertencias que no escuchamos, como la del estrés hídrico —por cierto, expresión que ya no es adecuada para la situación actual—, y hemos llegado a un punto de no retorno, donde no hay vuelta atrás: un estado de poscrisis, dice el reporte. Las aguas superficiales se están reduciendo. Cada vez más grandes ríos no llegan al mar o quedan por debajo del caudal necesario. En cinco décadas se han perdido unos 410 millones de hectáreas de humedales naturales. El agotamiento de las aguas subterráneas y el hundimiento del terreno son generalizados y, muchas veces, irreversibles. La extracción excesiva de agua subterránea ha provocado hundimientos en más de 6 millones de km². En algunas zonas, el terreno desciende hasta 25 centímetros al año, reduciendo permanentemente la capacidad de almacenamiento y aumentando el riesgo de inundación. La pérdida de glaciares está liquidando reservas esenciales de agua. La agricultura consume cerca del 70% de las extracciones mundiales de agua dulce. Unos 3.000 millones de personas y más de la mitad de la producción alimentaria mundial se encuentran en zonas donde el almacenamiento total de agua disminuye o es inestable. La contaminación reduce la cantidad de agua realmente utilizable. Y no hay agenda que esté a la altura de este desastre.

Estoy en Estocolmo, una de las ciudades más bonitas del mundo, rodeada de agua, con calles impecables y ciudadanos que no se gritan unos a otros. Aquí se está llevando a cabo el encuentro de la Semana del Agua, que organiza el Instituto Internacional del Agua de Estocolmo. Este encuentro reúne a tomadores de decisiones, organizaciones de la sociedad civil, representantes de la academia y empresas para compartir soluciones y buenas prácticas, crear redes y hacer equipo. De México están Agua Capital, el Consejo Consultivo del Agua y Fundación Coca-Cola. El caso de Fundación Coca-Cola es interesante porque están compartiendo un programa que llevan años implementando y que ha tenido mucho éxito. Resulta que, en México, poco más de 9.000 escuelas de educación básica no tienen acceso al agua. La Fundación, en compañía de otros aliados, ha ido instalando sistemas de captación de agua de lluvia; ya son más de mil. La novedad está en que ahora hacen uso de la tecnología para monitorear el estado del sistema de captación de cada una de esas escuelas y así pueden asegurarse de que siga funcionando. En algunos casos, son los gobiernos locales los que se suman a la alianza.

Pero los datos macro no son alegres. En 2023, la Conagua tuvo un presupuesto histórico. Veníamos de la crisis de Monterrey un año antes. De ahí en adelante, el presupuesto solo se ha ido haciendo dramáticamente chiquito. ¿Qué estamos haciendo?

La Unión Europea tiene una comisaria europea de Medio Ambiente, Resiliencia Hídrica y Economía Circular Competitiva. La expresión “resiliencia hídrica” se agregó apenas en 2024. No es que un nombramiento haga la diferencia, pero es, de saque, la visión de que se trata de un problema que debe abordarse de manera conjunta.

Eduardo Vazquez, director ejecutivo de Agua Capital no ha dejado de advertir “espérense al Super Niño”, la forma en la que se le ha llamado coloquialmente al fenómeno del niño del segundo semestre del 2026 y principios del 2027, en el que la temperatura superficial del mar supera su promedio en 2 grados C. Los efectos esperados: más lluvias torrenciales para unos, más sequía para otros.

Le pregunto a Raúl Rodríguez, presidente del Consejo Consultivo del Agua, qué cambiaría si pudiera modificar una sola cosa. La respuesta es astuta y reveladora: el presupuesto. Es cierto: se necesitan recursos para infraestructura, para investigar, para concientizar, para todo.

Mientras el mundo, en lo político, tiende cada vez más a que cada país decida verse el ombligo y la autosuficiencia se convierte en la frase política de moda de todas las corrientes, el agua nos recuerda que el problema es de todos. El plan debe ser a largo plazo y requiere la participación global. Quizá sea entonces el agua que ya no tenemos, la que nos deja como lección que hacer equipo es el único camino.

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@PamCerdeira

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