Por Heredera Romanov
En el Reino del Ocaso había un problema que inquietaba profundamente a la reina; no era la inseguridad que recorría los caminos, ni el precio del trigo que obligaba a los campesinos a sembrar con más esperanza que certezas, tampoco las sequías que comenzaban a resquebrajar la tierra ni las tormentas que amenazaban las cosechas. Había encontrado un enemigo mucho más incómodo, uno capaz de desbaratar cualquier discurso cuidadosamente construido: los espejos.
Desde hacía meses, Su Majestad recorría los interminables corredores del castillo deteniéndose frente a los grandes espejos de marco dorado, indignada porque algunos de ellos insistían en mostrar grietas en los muros, goteras en los techos, humedad en los tapices y rostros preocupados en las plazas del reino.
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