Por Jimena de Gortari Ludlow
En el segundo piso del Periférico, detenida en el tráfico como se está casi siempre en esta ciudad, tengo a un costado una pickup de la policía. Atrás van de pie tres elementos, sujetos al tubo, con armas largas cruzadas sobre el pecho. Uno cabecea. En el sentido contrario, sin frenar, pasan tres camionetas militares en fila. Lo primero que llega de ellas no es la imagen sino el motor: un rumor grave que atraviesa el vidrio cerrado y se siente en el esternón un instante antes de que uno alcance a nombrarlo. Yo llevo veinte minutos sin avanzar. Ellos cruzan la ciudad en los dos sentidos. No es una escena excepcional: es un martes cualquiera, a la hora en que todos volvemos a casa.
Me interesa menos la escena que su forma. Porque eso que ocurrió a mi alrededor no fue ruido: fue una lengua. Tiene unidades mínimas, tiene sintaxis, tiene modos verbales. El motor pesado y la torreta encendida son el indicativo —estoy aquí—, un enunciado sin más contenido que la señalización de una posición. La sirena usada para abrirse paso en el tráfico es el imperativo: muévete. El arma larga cruzada sobre el pecho, a la altura de mi ventanilla, es el subjuntivo: el modo de lo que podría ocurrir. Ninguno de los tres propone nada. No se discute con una sirena: no dice, ordena.