Lloro cuando me enojo y tengo que hablar, lloro cuando estoy triste, lloro también de felicidad. Últimamente lloro con algunos anuncios de televisión, lloré con el final de Angry Birds 2 y lloré con Hannah Montana, pero esas últimas dos no cuentan porque estaba embarazada; de hecho, así fue como descubrí que lo estaba. Pero no llores en el trabajo, eso aprendí. Nos han enseñado a esconder la vulnerabilidad. Llorar es algo reconocido como una “debilidad femenina” y, en los ámbitos laborales, esconder esas características ha sido para muchas y muchos una táctica de supervivencia.
Silvia Dávila, consejera y quien fue directora para Latam de Danone, me contaba que para ella la lección laboral más importante consiste en tener una caja de Kleenex en su oficina. “Nunca sabes qué historia tiene quien se llegue a sentar frente a ti, hay que saber escuchar”. La capacidad de enfrentar las lágrimas ajenas, vista como una de las soft skills más valiosas en los puestos de liderazgo.
Estaba parada frente a las cámaras de Imagen Televisión. Era el último día en el que me tocaba conducir un espacio informativo que fue un regalo en todos los sentidos de la palabra. Cada mañana, cuando entraba al foro vacío y veía alrededor, esperando a que llegaran mis compañeros que se convirtieron en amigos, pensaba: este trabajo es increíble y un día se va a acabar. Ese día había llegado precedido de muchas emociones. No puedes llorar, no puedes llorar, me repetí desde que empecé a escribir mi editorial de despedida. Quería una despedida en la que me viera fuerte, decidida. Lo logré. Vacié de significado algunas de las palabras. Es una estrategia en la que dices algo mientras piensas en otra cosa, como si la palabra real estuviera hueca, vacía. Funcionó.
Hace dos semanas estrené horario en radio. Para los noticieros de radio, la emisión estelar es la de las 7 de la mañana y la segunda en importancia es la de la 1 p. m. Quienes hacen un noticiero a las 7 de la mañana son las y los mártires del rating: hay que despertarse a las 4:30 a. m. y olvidarse de cualquier tipo de vida nocturna. Dicen que hay dos tipos de personas: las que se despiertan temprano y son felices, y las que los queremos matar. Yo soy del segundo tipo. No solo no me gusta despertarme temprano; cuando lo hago, no me gusta hablar con nadie, por lo menos no durante la primera hora. Así que la 1 de la tarde es para mí no solo un logro profesional importantísimo, es también el horario que mejor se ajusta a mi biología y vida personal.
Desde que supe del cambio de horario, una imagen venía todo el tiempo a mi cabeza: era una versión más joven de mí que, hace más de 20 años, siendo locutora de Exa FM, se fue a meter a la oficina del director general para decirle que quería irse a noticias. Muchas cosas y años pasaron antes de que eso pudiera suceder: prepararme, probar y probarme que podía, sacudirme la imagen de quien hacía entretenimiento en televisión y, como para todas, picar piedra. Es ese momento en el que la de 45 voltea a ver a la de 21, le guiña un ojo para hacerle saber que ya está ahí, lo logró.
Iba a contar esta pequeña historia el día del arranque, pero pensé que era más importante hablarle a la audiencia sobre ellos y no sobre mí, sobre el valor del trabajo periodístico en un país polarizado y aquello en lo que, como equipo, creemos. Todo iba bien. Quién soy, en lo que creo y lo que les venimos a ofrecer. Abrí diciendo cómo cada programa nuevo se siente como entrar en un cuarto repleto de desconocidos a quienes quieres caerles bien, pero entonces me cayó un veinte: no entraba sola a ese cuarto, entraba con mi equipo: Luis, Geo, Rox y Viri, una pequeña familia en la que nos hemos ido formando juntos y que, al igual que yo, compartían ese pánico de la primera vez.
Y ahí se me rompió la voz. Después del “no vengo sola” no pude hablar. Es como si el cuerpo te jugara chueco, tomara decisiones que tu cabeza no autorizó. Decidí escribir un texto en el que no iba a hablar de mí y, al final, mi corazón me desobedeció y decidió hacerlo. Las y los periodistas no lloran, no les puede ganar la emoción en una noticia triste, tampoco debe ganarles la felicidad en la opuesta; no es serio, no es profesional, o al menos eso creemos. La sorpresa no solo fue la que me dio mi cuerpo, sino las reacciones posteriores. Las resumo en esto: en un mundo de tanto odio, enojo y pleito, se agradece la autenticidad, la vulnerabilidad.
Mi abuela decía que se atrapan más moscas con una gota de miel que con una tonelada de hiel (bilis, sentimiento de amargura, enojo). Tenía toda la razón.
Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.

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