Por Laisha Wilkins
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Hace cinco años me mudé por el ruido del espacio anterior que daba esquina a una avenida. Recién hice la mudanza, empezaron a remodelar el departamento arriba del mío; tardaron tres meses. Después, el de abajo, y cuando creí que el suplicio terminaba, comenzaron a demoler la casa de enfrente para construir en dos años un edificio.

Debo hacer una pausa para confesarles que sufro de hiperacusia y misofonía, es decir, tengo una hipersensibilidad a sonidos cotidianos, y existen ruidos y sonidos que me provocan ansiedad, y mucha.

Total, que empezaron a construir enfrente de mí. Me pregunté qué karma, en cuanto al sonido, debía pagar, porque ya me parecía demasiado, o cuál era la enseñanza que debía sacar de esto.

Me estaba volviendo loca. Tener ruido, en horario de 8 a.m. a 6 p.m., de lunes a sábado, de excavadoras, martillos neumáticos y taladros, me estaba desquiciando. ¿Debía mudarme nuevamente? Había dos casas más a los lados que, seguramente, tienen familiares esperando a que muera el propietario para vender a una constructora y repartirse el dinero. Esa era mi realidad.

Decidí quedarme y fue una gran decisión porque todos los días me recordaban lo afortunada que era. Si llegaba o me levantaba de malas… ahí estaban ellos, bajo la lluvia, bajo el sol, bajo la inclemencia; la mayoría de las veces en condiciones inhumanas, con trabajos pesados, en altos grados de temperatura, con riesgo constante, a horas de su hogar, en un trabajo que no termina al salir, un trabajo que pareciera no terminar nunca.

El tiempo que tardan en llegar a su casa es brutal. El transporte público, que se encuentra en condiciones terribles, provoca que los trabajadores, cansados de su jornada, retrasen su descanso. Y no llegan a un espacio silencioso o cómodo; la mayoría de las veces viven en pequeños cuartos donde albergan a toda la familia. El sueldo no alcanza para nada, la canasta básica está por las nubes y el gas y la luz ni se diga. Alcanza solo para sobrevivir; se vive para trabajar.

Entendí el gran regalo que trajeron a mi vida: el agradecimiento. El agradecimiento que cancelaba cualquier queja y logró que todos mis días, sin duda, fueran mejores.

Total, que hace un año, después de encontrar la calma sonora en mi hogar por más o menos año y medio, comenzaron a construir un edificio en el terreno de enfrente de mi cuarto e inmediatamente entré en modo terror y me brinqué al agradecimiento. Una vez más vienen a recordarme lo favorecida que soy y que, muchas veces, es necesario que regresen situaciones que nos permitan valorar lo favorecidos que somos.

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@LaishaWilkins

Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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