Por Laura Manzo
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Que la industria nos hiciera creer que los skinny jeans favorecían más que unos baggya prácticamente cualquier tipo de cuerpo, simplemente porque eran la moda obligada, resulta, a estas alturas de la era del “sé tú mismo”, inaudito. Que el activismo vegano y las tendencias wellness nos convencieran, independientemente de nuestra tolerancia a la lactosa, de cambiar la leche de vaca por la de almendra, soya, arroz o avena, es una de esas contradicciones culturales que terminamos aceptando sin demasiadas preguntas.

Algo parecido ocurrió cuando dejamos de comer huevo. Durante décadas, organizaciones como la American Heart Association y estudios como los de Ancel Keys impulsaron la hipótesis dieta-corazón y recomendaron limitar el consumo de colesterol dietético. No fue sino hasta 2015 cuando las Dietary Guidelines for Americans eliminaron el límite específico de colesterol recomendado para la población general. Pero para entonces el hábito ya estaba consumado. Convertimos en dogma el plato de cereal que prometía darnos las vitaminas suficientes para el día, aunque muchas veces nos matara de hambre antes de media mañana. De hecho, aceptamos esa hambre con la misma resignación de los crueles desayunos de media toronja y café que las nutriólogas obligaban para bajar de peso.

La industria de los cereales había ganado la batalla cultural. Hoy pasamos de demonizar la leche de vaca a observar cómo, de pronto, la leche entera regresa a las escuelas de Estados Unidos impulsada desde la política pública. Pero, la historia reciente de la leche no es una historia sobre la leche. Es una historia sobre quién tiene el poder de moldear nuestros gustos. Industrias, científicos, activistas, gobiernos y medios participan —a veces alineados, a veces en disputa, en la construcción de aquello que una sociedad considera saludable, responsable o deseable. No moldean únicamente lo que compramos. Moldean lo que rechazamos, lo que nos produce culpa y hasta aquello que creemos haber elegido libremente.

La ola anti-lácteos no nació en TikTok, aunque las redes sociales terminaron amplificándola. Se alimentó de documentales, campañas ambientales, activismo animalista y un marketing feroz de las bebidas vegetales. De repente, pedir un café con leche de vaca generaba una ceja levantada detrás del mostrador, como si una estuviera cometiendo un pecado ecológico. 

¿Qué dicen los datos? Según Euromonitor International, las ventas de bebidas lácteas en México crecieron 6% durante 2024 y se proyecta que continúen creciendo hasta 2029. Analizando a detalle, existe una tendencia a la baja en el consumo de leche fluida, especialmente entre los menores de 14 años y entre los adultos que reducen su vaso diario “por motivos de salud” y optan por café o alternativas vegetales. Pero al mismo tiempo aumentan las ventas de bebidas lácteas saborizadas, que crecieron 14% en 2024. Se bebe menos leche natural o sola, pero crece el consumo de versiones más elaboradas. 

En paralelo, en las Guías Alimentarias de la Secretaría de Salud difundidas por la SEP para orientación en el ámbito escolar, los lácteos se han ubicado –por lo menos en 2023, como productos cuyo consumo debe moderarse debido a su mayor impacto ambiental en comparación con los alimentos de origen vegetal. Pero los consumidores no leen meta análisis ni revisan evidencia científica cada mañana que piden un café o cada semana que hacen el súper. La mayoría espera a que la discusión permee hasta su Instagram, quizás algún documental de Netflix o la conversación con los colegas de la oficina. Así se construyen ahora los hábitos colectivos. Así se vuelve sentido común, aunque de sentido no tenga nada.

Y el péndulo se mueve más rápido que nunca. En abril pasado, The Guardian reportó un renovado interés por la leche cruda (raw milk) y por métodos de procesamiento más suaves entre consumidores jóvenes del Reino Unido. En enero, el presidente Donald Trump firmó la Whole Milk for Healthy Kids Act, una ley que permite nuevamente ofrecer leche entera y leche al 2% en los programas federales de alimentación escolar, revirtiendo restricciones implementadas durante la era Obama. La industria láctea celebró. La política, una vez más, moldeó el plato.

La pregunta de fondo no es si la leche es buena o mala. Tampoco si mañana volveremos a demonizar los huevos, reivindicar los carbohidratos o descubrir que las cantidades que hoy nos recetamos de proteína merecen una nueva revisión. La pregunta es quién tiene la capacidad de definir qué entendemos por saludable, responsable, moderno o deseable.

Cada época cree haber llegado a la respuesta correcta. Y, sin embargo, la historia de la alimentación demuestra que muchas de nuestras certezas son provisionales. La ciencia avanza. La política cambia. Las industrias se adaptan. Los movimientos sociales ganan o pierden influencia. Y con ellos cambian también nuestras convicciones más cotidianas. Es muy fácil confundir una tendencia con una verdad permanente. 

Yo seguiré tomando café con leche todas las mañanas, y comiendo quesillo sin un mililitro de culpa. No porque tenga certezas. Precisamente porque ya aprendí a desconfiar de ellas. Si algo demuestra la historia reciente de nuestra alimentación es que las verdades absolutas suelen durar menos que un otoño-invierno de Zara.


Las opiniones expresadas son responsabilidad de sus autoras y son absolutamente independientes a la postura y línea editorial de Opinión 51.


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